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Bienvenidos a mi espacio personal, dedicado con mucho cariño y dedicación, a la vida en milicia, de ayer, hoy y todos los tiempos. En este blog iré colgando mis breves relatos, de esos que se escriben en momentos de inspiración, y que salen del corazón.

En ellos no hay ni motivaciones ideológicas, ni representación alguna de críticas o quejas, sencillamente son un compendio de ficciones literarias, que dedico a los españoles de todos los tiempos, que en un momento u otro de la historia de España, estuvieron, han estado o estarán vinculados con la vida en la Milicia, que han convivido con sus virtudes, sus defectos, sus emociones, sentimientos, pero sobre todo han sentido en sus espíritus, esas palabras que escribió Calderón de la Barca, y que rezaba en una estrofa aquello de "... la milicia no es más que una religión de hombres honrados...".

La espada y la pluma han sido compañeros de viaje durante toda la historia, y siempre se han respetado cuando la lid ha sido justa. Agradezco a todos los visitantes su tiempo por dejarlo aquí, y agradezco los comentarios que obviamente me servirán para mejorar
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viernes, 11 de abril de 2014

HERMANOS DE SANGRE

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David miró a su alrededor, no veía nada, una densa nube de polvo inundaba su entorno cercano.  Notaba calor en el pecho, en la cara.  Algo húmedo se escurría por su rostro.  No oía nada, y era extraño porque él era consciente de que había ruido, había movimiento a su alrededor.  Pero nada, no escuchaba ningún sonido, no percibía más que leves vibraciones que provenían del suelo, de ese palmo de tierra en el que se encontraba tumbado y dolorido.

Se quiso incorporar, levantarse y notó como le dolía el pecho y la espalda, y por más esfuerzos que realizaba, no lograba ni siquiera levantarse.  El pesado equipo lo mantenía pegado al suelo.  Miraba y no veía más que polvo.  De pronto una vaina, dos vainas, tres vainas surcaron delante de él, y fueron a parar a escasos centímetros de su cara.

Miraba, y no veía nada, le costaba respirar, no lograba pensar, no lograba enlazar un pensamiento cuerdo, reaccionaba por instinto, respirar y abrir los ojos, no podía hacer otra cosa.  De nuevo tres vainas surcaron el aire, y esta vez se depositaron encima de él, notó el calor, quemaban…y sin saber cómo, fue capaz de accionar su brazo y su mano y librarse de ese calor que ya quemaba.

Y de pronto sintió como el caos se apoderaba de su cuerpo y sus sensaciones, fue rápido, primero un dolor agudo en el pecho.  Después el ruido, ruido de explosiones, de disparos, gritos, lamentos, ruido mortal…

Tomó sensaciones de su cuerpo, sus piernas comenzaban a responderle, sus ojos comenzaban a ver a través de la bruma del humo y el polvo.  Sus manos se accionaron nuevamente, palpó la tierra y encontró lo que buscaba, su HK G36E.  Se lo acercó al cuerpo, manipuló la palanca de montar, y pudo ver que el fusil estaba municionado y preparado para disparar.

Con no poco esfuerzo, pudo comprender que llevaba gafas y que por ello, y por el polvo depositado en ellas, no veía bien.  Sintió el deseo de quitárselas, pero le sobrevino un aviso desde el interior, “estás en combate…cuidado con las esquirlas y explosiones”.  Así que las gafas se quedaron donde estaban. 

David se puso de rodillas, no quería levantar su silueta, intentaba recordar que hacía allí, con quien estaba, pero nada venía a su  mente que le hiciera recordar como había llegado allí, que le pasaba, que pasaba….

Se llevó la mano a la cabeza, aquello húmedo le molestaba.  Pronto pudo descubrir que era sangre que se derramaba desde su frente, se tocó con la mano, y pudo adivinar a través del tacto de sus guantes, que llevaba un corte.  Echó la mano al suelo, cogió un puñado de arena, y se lo llevó a la herida.  Le escoció de narices, no gritó porque no sabía si podía articular sonido todavía, notaba la garganta muy seca, le pinchaba.  Así que se conformó con cerrar los ojos y apretar los dientes.

El pecho le dolía, se llevó la mano hacia él, pero topó con su chaleco antifragmentos/antibala.  Agachó la cabeza y se miró, no veía nada especial, hasta que de repente descubrió un agujero en el lado derecho, a unos cuatro dedos debajo de la clavícula.  Algo lo había atravesado.  Intentó meter la mano por dentro, pero le dolía demasiado el pecho, para ese esfuerzo.  Se notaba algo débil, pero aquel ruido y esa bruma de batalla lo atraían.

El humo comenzó a disiparse, y pudo ver cuerpos tumbados, algunos se movían, otros no.  Pudo oír gritos, lamentos, pero sobre todo oía proyectiles silbar a su alrededor.  Impactar en el suelo, levantar polvo.  Intentó analizar que pasaba, pero su cerebro seguía sin responder a esas cuestiones, así que se puso a mirar con mayor detalle a su alrededor.

Conforme el humo desaparecía, empezó a ver el entorno en el que se encontraba, eran rocas, piedras, arena, algún resto de plantas, y sobre todo una luz cegadora.  El Sol estaba atizando con justicia.  Quiso hablar, decir algo, pero no podía, su garganta le pinchaba demasiado.

Intentando moverse hacia su derecha, de repente notó un golpe seco en el hombro derecho, fue tan contundente que lo empujó hacia el suelo nuevamente.  El golpe seco, se transformó en dolor.  Ese mensaje si llegó a su cerebro.  Y en ese momento despertó de ese letargo.  Lanzó un grito atronador a la vez que maldecía…

-       ¡¡¡¡Hijos de puta!!!!-. Se giró sobre si, y se sitúo en posición de cuerpo a tierra. Llevó su arma como pudo hacia el cuerpo, e intentó apuntar al infinito.  No veía nada, había todavía polvo flotando a esa altura del suelo, y los disparos procedentes de quien sabe donde, seguían batiendo la zona donde David se encontraba.

Pensó, y se dijo a si mismo, “ vamos, reptando…”, y se dispuso a reptar sobre el terreno, bien pegado.  Cada giro de cadera, cada impulso de los codos, le suponía un dolor insoportable en el pecho y en el hombro, pero su deseo de salir de allí, de poder empezar a pensar, le impulsaba a seguir.

Pronto llego a unas rocas de un tamaño lo suficientemente amplio como para poder parapetarse incluso sentado.  Y eso es lo que hizo, sentarse.  Se volvió a mirar hacia el chaleco, y pudo ver ahora dos agujeros en el mismo.
-Mierda…me han dado dos veces…jodidos AK-47….jodidos talibanes- Se decía así mismo.

El dolor se hacía más persistente, en algunos momentos le vencía hasta la razón, e incluso llegaba a cegarle, pero David apretaba los dientes y se obligaba a respirar.  A lo lejos, a unos 30 metros pudo identificar un cuerpo que se movía tumbado con dificultad.  Tuvo un conato de moverse e ir hacia ese sitio como fuera, pero una voz desde una posición cercana le gritó:

-Quieto Salmerón….Quieto!!!!...no te muevas que te van a freír….- Pudo identificar a su Teniente, el cual detrás de otro montículo de rocas y junto a varios compañeros, le estaba haciendo gestos de quedarse en ese sitio.  Los silbidos habían cesado, ya no veía impactos en el suelo.  Las rocas lo mantenían a salvo.

David Salmerón, Sargento de Infantería estaba mirando hacia ese cuerpo que se movía, que gemía.  Y entonces notó un dolor en la cabeza, pero no un dolor producido por nada externo, fue un dolor de la razón, una explosión de luz interior que le devolvió la cordura, la razón.  En ese momento pudo recordar que hacía allí, que había pasado.  Recordó una explosión, recordó como algo le empujaba hacia el suelo, recordó ver cuerpos lanzados por la onda expansiva de esa explosión hacia ambos lados de un camino.  Luego recordó que se quiso incorporar y recordó como algo con mucha violencia y con un fuego que nunca había experimentado, le golpeó en el pecho, y allí se hizo la luz.

Su cerebro empezó a funcionar rápido.  Se llevó la mano al muslo, localizó su botiquín individual.  Lo abrió, seguía mirando hacia ese lugar a 30 metros donde yacía alguien que se movía.  Sus manos con cierta soltura ya, localizaron un sobre de contenido hemostático. – David, chútate Celox… y a correr- Se dijo asimismo.

Se pudo soltar con mucho esfuerzo el chaleco, y al retirarlo un poco pudo ver que una gran mancha de sangre empapaba el uniforme por debajo del chaleco.  Se dio por vencido, no tenía fuerzas para retirarse el chaleco y ponerse a buscar donde estaban esos malditos agujeros de fuego que le estaban consumiendo.

Se volvió ajustar el chaleco.  Cogió un pañuelo de cuello, un semagh, y se lo introdujo entre el chaleco y el cuerpo.  Apretó con fuerza – A ver si así puedo parar este goteo – pensó.

-Ni te muevas Salmerón…..!!!- Seguía gritando el Teniente, consciente de que el suboficial estaba pensando en salir de esa zona de rocas que le protegía.

David fue consciente de que estaba en una emboscada, no había dudas, esa explosión, esos disparos, ese instante, ese lugar… -Maldito paso de los cojones…teníamos que haber subido la loma…- Se repetía como un mantra.

Algo acabó con ese bucle, un grito.  Alguien estaba gritando.  Era el hombre que estaba a 30 metros, al final pudo reconocerlo.  Era un compañero, el Sargento Primero Alloza.  Gritaba de dolor, porque habían vuelto a herirlo de otro disparo.  David pudo ver como el cuerpo del otro suboficial estaba también ensangrentado.  No podía definir bien donde o como, pero si que veía ese color carmesí, y si que la figura de Alloza se le hizo inconfundible.

Volvió a mirar su fusil, se giró, se colocó de rodillas, y comenzó a escudriñar entre las rocas, para sacar la boca de fuego de su fusil.  Buscaba con la mira un blanco.  No veía a nadie, aunque oía disparos.  Los españoles estaban ahora respondiendo desde variadas posiciones con fuego hacia lo alto de aquella loma, desde la que alguien les estaba haciendo fuego.  Y él estaba justo debajo.

Cada vez le costaba más respirar, algo no marchaba bien. – Mierda David…esto apunta a neumotórax…estás jodido….- Se decía con cierta frialdad.

-¿Cuántos son mi Teniente?- Gritó.
-Al menos 10 fusiles….y un par de rpgs que ahora se han callado….pero quieto!!! Quieto que ahora te mando al sanitario…!!!- Le respondió el Teniente Gonzalvo.

David volvió a mirar hacia donde estaba el Sargento Primero Alloza.
-Mi Teniente…!!!...Es Alloza….!! Está jodido….hay que sacarlo de ahí…!!!- Gritó de nuevo David.
-Quieto….eso es zona de muerte….quieto!!!- Insistía el Teniente Gonzalvo.

David reflexionó, sabía que no le quedaban muchas fuerzas, pero menos le quedaban a Alloza.  Él era el hombre más adelantado en aquella escabechina, al menos el que aún se mantenía medio en pie, porque pudo contar 4 cuerpos más, incluído Alloza, y no se veía movimiento alguno.

-¿Estarán muertos mis muchachos?- Se preguntó.
Sabía que no hay que entrar o quedarse en la zona de muerte de una emboscada, que hay que salir de ahí, que hay que romper con la línea de fuego del enemigo, pero su compañero y hermano estaba allí.

Sabía que si abandonaba las rocas, en cuanto avanzase unos metros iba a ser presa fácil, pero también sabía que Alloza tenía los minutos contados si alguien no lo sacaba de ahí.

Miró al Teniente Gonzalvo.  Le hizo una mueca.  El Teniente pudo interpretar enseguida la secuencia de lo que iba a pasar.  Y se resignó, él no podía hacer nada, estaba sometido a fuego constante, y abandonar esa posición segura, era sin duda un suicidio que no iba a realizar.

David se puso con mucha dificultad en cuclillas.  Sujetó con firmeza su fusil, se quitó las gafas, y miró fijamente hacia el lugar donde estaba caído Alloza. – Son unos 30 metros, en un buen acelerón podrías llegar en unos 4 ó 5 segundos…lo agarras…y a salir de ahí zumbando…. Pero te van a dar seguro…no hay cobertura…- Se dijo.

Así que se buscó entre los bolsillos del chaleco, y encontró un bote de humo.  Lo accionó y lo lanzó a mitad del recorrido.  Esperó unos segundos a que el humo tomase consistencia.  Y cuando el humo comenzó a elevarse, y se había formado una cortina más o menos densa, salió de las rocas intentando correr.
 El pecho le empezó a quemar, el hombro le dolía muchísimo.  La vista nuevamente se le nublaba, las piernas apenas le sostenían.  Sujetaba con firmeza el fusil, abría la boca para coger un aire que no le llegaba a los pulmones.

Apenas había recorrido la mitad del recorrido, cuando empezó a notar silbidos de balas a su alrededor.  Tiradas al azar seguramente, porque la cortina de humo le protegía, pero un azar casi certero, porque silbaban muy cerca.

-Vamos…vamos…David…ya estás….ya llegas….aguanta Alloza…aguanta…-
Apenas faltaban 5 metros, cuando notó que algo le acababa de impactar en las nalgas…. –Mierda…..me han dado en el culo….no me jodas…- Ese impacto le hizo doblar las rodillas….por un instante tuvo miedo, no notaba salida del proyectil, pero tampoco notaba dolor, solo una sensación extraña en el glúteo.

Se incorporó y se lanzó como un poseso sobre el cuerpo de Alloza.

-Ey socio…ya estoy aquí…¿Cómo estás?...¿tienes cigarros?...- Le dijo casi pegando el rostro al de Alloza.
El Sargento Primero Alloza solo gemía y balbuceaba, David no podía ver exactamente todas las heridas, pero eran muchas.

-No puedo cargar con él, y el humo se está disipando…-

Respiró una vez más forzándose a ello.  Miró a Alloza, se sitúo delante de él, tapando con su cuerpo la cabeza y tronco del Sargento Primero.  Se colocó en posición de rodilla en tierra, y apuntó con su fusil hacia lo alto de aquella loma.

El humo se disipaba, y los disparos comenzaron a acercarse hacia el lugar donde estaban los dos suboficiales.

David Salmerón, Sargento de Infantería abrió fuego…
El Teniente Gonzalvo con lágrimas en los ojos, pudo ver como el Sargento había llegado al lado de su compañero, como lo estaba protegiendo con su cuerpo y con el fuego de su arma, y pudo ver como decenas de impactos cayeron sobre ambos.

David notó cada uno de los impactos sobre su cuerpo, fueron varios, todos en el tronco y piernas.  Cayó de espaldas encima de Alloza.  Pudo sentir su respiración entrecortada, y sonrió, estaba junto a su hermano.  No lo había dejado solo en aquel trance, y juntos se iban a ir en aquel último viaje cuando Caronte viniera a llevarles en la barca…


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