Bienvenidos al Blog

Bienvenidos a mi espacio personal, dedicado con mucho cariño y dedicación, a la vida en milicia, de ayer, hoy y todos los tiempos. En este blog iré colgando mis breves relatos, de esos que se escriben en momentos de inspiración, y que salen del corazón.

En ellos no hay ni motivaciones ideológicas, ni representación alguna de críticas o quejas, sencillamente son un compendio de ficciones literarias, que dedico a los españoles de todos los tiempos, que en un momento u otro de la historia de España, estuvieron, han estado o estarán vinculados con la vida en la Milicia, que han convivido con sus virtudes, sus defectos, sus emociones, sentimientos, pero sobre todo han sentido en sus espíritus, esas palabras que escribió Calderón de la Barca, y que rezaba en una estrofa aquello de "... la milicia no es más que una religión de hombres honrados...".

La espada y la pluma han sido compañeros de viaje durante toda la historia, y siempre se han respetado cuando la lid ha sido justa. Agradezco a todos los visitantes su tiempo por dejarlo aquí, y agradezco los comentarios que obviamente me servirán para mejorar
.

Todos los textos de este blog se encuentran bajo licencia legal de todos los derechos reservados al Autor, y por lo tanto, cualquier copia o difusión sin autorización ni conocimiento del autor, serán puestos en conocimiento de los servicios jurídicos. Este blog queda protegido por los derechos de autor y Propiedad Intelectual Registrada.

viernes, 27 de febrero de 2015

EL ÚLTIMO ADIÓS



https://resources.safecreative.org/work/1303314857346/label/logo-150


Propiedad Intelectual Registrada


Ese invierno fue duro, muy duro.  La nieve cayó de manera copiosa durante días en el mes de noviembre, y pronto las cumbres balcánicas, se cubrieron con el manto blanco del gélido invierno centroeuropeo.  Luego un viento feroz recorrió la tierra de este a oeste, helando por completo la inmaculada piel que ocultaba la faz de aquellas tierras.

La mirada dura de José Antonio Alvar no reflejaba ninguna emoción.  La nieve golpeaba su rostro.  Se había quitado el casco de combate, y las gafas de ventisca.  Necesitaba sentir el frío del invierno de aquellas montañas, aún salvaje e hiriente, aquel viento gélido era vida.  Miró a sus compañeros, sus chavales…, y ahí estaban todos medio sonrientes, como si fueran una cuadrilla de demonios escapados del averno, que a cada pisada fundían la nieve, sin importarles temperatura, sensaciones o cansancio.


Alvar los miraba detenidamente, ninguno había puesto objeción a sacar de aquel pueblucho a aquellas diez mujeres serbias, que las milicias croatas “Ustacha” tenían retenidas y a las cuales usaban como meras esclavas, para fines inhumanos.  Todos tenían claro que esa liberación les iba a traer más problemas que beneficios, pero si algo caracterizaba a aquel grupo de españoles, era ser más duros que la propia tierra que pisaban, y no temer a otra cosa que al deshonor o a la vergüenza.

“Es lo que tiene la infantería jefe…” le había dicho el Soldado Isaías, “no sabemos andar si no llevamos peso…y a veces el peso ha de ser una preciada carga”.  Esa frase resumía en un todo la declaración de intenciones, de esos soldados que estaban dispuestos a sacrificar su vida y su honor, por la libertad de las personas que no podían ni sabían defenderse.


Ninguno eran excepcionales a ojos vista de cualquier buscador de detalles, no eran de ninguna unidad de élite, no eran súper soldados, sencillamente eran soldados humildes de Infantería española. Claro está que no mayor título para cualquier soldado, no hay mayor honor que haber sido al menos durante un segundo soldado de Infantería, porque ello significa haber formado parte de la hermandad de los que luchan y mueren, conquistan y entregan con su sangre, la voluntad del pueblo al que representan.

Seguramente hasta su propia forma de vestir y ordenarse podría resultar reprochable, para cualquier personaje de despacho y betún con brillantina en los zapatos.  Ropas rotas, sucios, mal afeitados, vivo ejemplo de predecesores en campañas ya lejanas, que no supieron lucir mejor un uniforme, pero en cambio sí que supieron honrarlo y dignificarlo, pues aún roto y sucio, estaba adornado con su sangre, con la savia de la esencia de aquellos que defienden con el corazón y con el alma, las causas que son propias de sucios y desarrapados héroes anónimos.


José Ántonio los miraba, y su pecho se henchía.  Que bravos hermanos…. Y ellos lo miraban y pensaban seguramente lo mismo.  Habían salido de aquel pueblo a bofetadas, y su punto de enlace con su Sección todavía quedaba lejos, para un grupo de 9 Soldados y 10 mujeres heridas, maltrechas y destrozadas por un cautiverio salvaje.
 Ellas ataviadas con gruesas ropas y telas improvisando abrigos, los habían seguido como si fueran sus ángeles de la guarda.  No dudaron en seguirlos al ver como ponían en su sitio a sus captores.

Un mero reconocimiento de zona por parte de las fuerzas internacionales de interposición, se había convertido en una aventura desesperada por llegar a zona segura con un preciado botín.  La casualidad quiso que Alvar al entrar en aquel pueblo de apariencia abandonada, viera por una ventana a unas mujeres encadenadas en una habitación.  Su cuerpo se convulsionó, y no dudó en desplegar a sus hombres alrededor de la casa, y entrar como un torbellino para tomar cuenta de aquella situación.


Al entrar toparon con dos vigilantes que protegían la puerta de entrada a la estancia.  Ante la sorpresa de ver a los soldados de la OTAN encarando sus armas hacia ellos, no pudieron hacer mucho, rindieron las suyas, y sumisos se entregaron a la decisión de aquellos personajes mojados y malhumorados.

Uno de los soldados de una potente patada abrió la puerta, y la escena que encontraron fue dantesca.  Mujeres atadas a la pared, y con apenas ropas para poder soportar el tremendo frío que asolaba esa tierra.  No fue difícil conseguir las llaves, y tampoco fue difícil descubrir que ese antro era el cuartel general de una partida de guerrilleros irregulares Ustacha, milicias croatas paramilitares que actuaban al margen del ejército regular croata.


Y tampoco fue difícil vaticinar que tarde o temprano esa fuerza paramilitar iba a regresar, y se iban a enfadar bastante al descubrir la injerencia de los españoles.  Así que apoyando como pudieron a aquellas mujeres, las conminaron a seguirles para llegar a zona segura.  Un par de ellas hablaban un fluido inglés, y ello facilitó las cosas, a la hora de exponer los españoles las intenciones para con ellas.  Un campamento de Cruz Roja internacional operaba en zona de operaciones de la Agrupación Táctica a la cual pertenecían los soldados españoles, y seguramente el personal de Cruz Roja, podría devolverlas a sus lugares de origen, y facilitarles ayuda sanitaria y de otra índole, para facilitar ese trasiego.  Pero antes, había que escapar de la influencia de los milicianos, y enfrentarse al duro invierno de los Balcanes.


Alvar convenció a las mujeres para que confiaran en ellos, y no obstante viendo el trato que dispensaron a sus captores, cualquier duda se disipó, al ver como los españoles habían encadenado a los ustacha a las cadenas donde antes habían estado las mujeres serbias.

Jelena era una mujer rubia, alta, de facciones eslavas muy marcadas, y de un carácter fuerte, propio de la mujer campesina serbia, hecha al rudo mundo del campo y a la climatología dura y agreste de aquella tierra en llamas.  Dragana era la otra mujer que hablaba inglés, era algo más mayor que Jelena. Dragana era morena, algo más alta que Jelena, y al igual que ésta, con unas facciones propias de la mujer eslava.  Todas ellas estaban desnutridas y bastante flacas, y por lo tanto, Alvar supuso que bastante débiles como para forzar la marcha en esa huida hacia zona segura.


José Antonio habló con Jelena y le conminó a que hicieran el esfuerzo de caminar sin recelos de la mano de los españoles, pero que era necesario un sacrificio, el caminar lo más rápido que pudieran.  Cada metro de ventaja que adquirieran sería un metro ganado a la libertad.


Aún no habían salido del pueblo, cuando ruido de motores avisaron de la llegada más que inmediata de los ustachas.  Sin saber cómo ni cuándo, los españoles casi se ven copados por los milicianos.


-¡¡ Proteged a las mujeres a toda costa Gregorio!!- Gritó Alvar a uno de sus soldados.  Y el Soldado Gregorio asintió con la cabeza, repitiendo la orden a sus compañeros.  Cada uno de ellos se sitúo delante o detrás de cada una de las mujeres, agarrándolas de la mano.


-Hay que salir de aquí, quedaros 3 conmigo, el resto, cargar como sea con las mujeres, vamos a quedar a en el punto de reunión 3…¿todos enterados?- Gritó Alvar a sus hombres.


Todos levantaron el pulgar, y mientras 3 de ellos cerraban filas sobre Alvar, el resto, cogió de las manos a las mujeres, y las arrastró en una carrera infernal ladera arriba, para salir de los arrabales de aquel pueblo.

El equipo de Alvar, se dispuso en guerrilla detrás de un muro de un metro de altura, que marcaba el límite del pueblo con el campo abierto.


-Separados 15 metros…, armas preparadas, si disparan…disparamos…si avanzan, tendremos que romper contacto, lo haremos hacia atrás por binomios…¿Entendido?- La nueva orden de Alvar, fue asentida por sus hombres.


Los croatas no tuvieron duda de lo que estaba pasando al ver a sus camaradas encadenados, y estos relataron con brevedad que soldados extranjeros de la OTAN les habían dado un severo castigo.


Los ustacha en horda descontrolada salieron en busca de los españoles en las cuatro direcciones del pueblo.  Un grupo de unos 12 se dirigió dirección a Alvar y sus hombres.  Éstos parapetados y listos, se prepararon para entrar en combate.  Todos estaban nerviosos, nunca habían disputado un enfrentamiento armado de esas características.  Una cosa habían sido escaramuzas o responder a fuego a cierta distancia, y otra era entrar en combate a distancia del blanco de los ojos.

No tardaron los ustachas en descubrir la posición de los españoles, y no dudaron en abrir fuego disperso sobre la posición de los soldados.  Alvar ordenó abrir fuego a discreción.  Y se generalizó un tiroteo que alertó al resto de ustachas y los dirigió sin dudas al respecto, a la zona caliente.


En las primeras ráfagas y disparos, varios ustachas se fueron al suelo.  La puntería y la disciplina de fuego de los cuatro soldados españoles fue atinada.  Los milicianos al ver la respuesta disciplinada de los soldados de la OTAN, rápidamente abandonaron la opción horda, para parapetarse y comenzar un tiroteo sostenido.

Ante la presión de los refuerzos que iban llegando, Alvar ordenó la retirada, antes de ser copados y seguramente eliminados. -¡¡¡Rompemos!!!- Ordenó, y el binomio de la derecha, comenzó un movimiento de retroceso en un largo salto de unos veinte metros.  Una vez posicionados a campo abierto, cuerpo a tierra y abriendo fuego sobre los ustachas, Alvar y su compañero de binomio, realizaron el mismo movimiento y salto.  Fue una carrera frenética, los proyectiles croatas silbaban, pero ninguno pudo alcanzar a los españoles.  Al llegar a la línea de posición del binomio que había partido en primer lugar, se arrojaron al suelo, y abrieron fuego a su vez sobre los milicianos que comenzaban a avanzar.


El primer binomio volvió a realizar el mismo movimiento, y así por espacio de unos largos minutos, los españoles rompieron el contacto recorriendo una planicie de casi medio kilómetro.  La cadencia de fuego y la selección de objetivos fue fundamental para frenar a los milicianos, que no se atrevieron a saltar a campo abierto, al comprobar la efectividad de la puntería de los soldados españoles.

Mientras tanto, el grueso de soldados junto con las mujeres serbias, había corrido como almas que persigue el diablo, y habían llegado al punto de reunión tres.  Alvar tardó cerca de una hora en llegar, dado que la ruptura de contacto de forma sostenida, había ido reteniendo a los ustachas.


Al llegar al punto de reunión, se dirigió a Gregorio. – Tenemos casí 10 kilómetros hasta zona segura, y hay que cruzar un collado, no lo veo claro, pero no queda otra.  Yo me pongo en cabeza con dos más en vanguardia para abrir camino, destaca un hombre a cada flanco mientras sea posible, y el resto atrás en retaguardia.  Deja un binomio retrasado 500 metros siempre, para informar y retener todo lo posible a esos hijos de perra-

Gregorio asintió, y estructuró aquella columna de viaje tal y como había designado Alvar…


Y allí en aquel collado, a unos cuantos kilómetros de la zona segura, con una ventisca infernal, con nieve hasta la cadera, Alvar miraba a sus soldados con orgullo.


Jelena no se separaba de Alvar, estuvo asida a su mano durante todo el recorrido hasta el collado.  Ella lo miraba con admiración, sin conocerlas, sin ninguna obligación estaban jugándose la vida por ellas.  Y en más de una ocasión le preguntaba porqué, pero Alvar, hombre de pocas palabras, se limitaba a decirle, sigamos, ya falta poco.


Esa admiración se hizo latente en cada una de aquellas mujeres, que repuestas del sock inicial, comenzaban a ver en aquellos soldados pequeñitos y morenos, de rostro duro, pero de corazón inmenso, a esos héroes de las leyendas y libros, que aparecían para socorrer a las damas en apuros.


A pesar del frio, de lo dramática de la situación, algunas sonreían y se miraban con ojos cómplices de satisfacción.  Sabían que la libertad estaba cerca.

Alvar miraba a Jelena, le pareció una mujer hermosa, y seguramente en otras circunstancias, el sentir su mano hubiera significado otras cosas, pero en aquellas significaba ser su salvavidas, su tabla de naufrago.  Y Alvar no iba a dejar de cumplir su deber sagrado de socorrer a los débiles y desprotegidos.


-Nos vamos, en pie todo el mundo, venga, apurarse que la cosa empeora- Gritó porque el viento no dejaba de chillar a su alrededor.


De pronto un golpe húmedo y caliente recorrió su cara.  Su visión se tiñó de rojo, y después de un segundo de incredulidad, pudo ver como se desplomaba sin vida el cuerpo de Jelena, todavía asido de su mano.


Alguien le había disparado y había alcanzado en la cabeza.  Jelena falleció inmediatamente, no sintió nada. 

No pudo decir nada.  Alvar abrió los ojos y gritó –Tiradooooorrrrr!!!!-  Todos se lanzaron cuerpo a tierra, obligando a las mujeres a seguirles en su caída al suelo.  Ninguna sabía que estaba pasando, pero conforme los segundos pasaron fueron conscientes.


Un francotirador había matado a Jelena con una eficacia brutal.


-Reptar…!!...Reptar!!.... y salir hacia el otro lado del collado!!!....que nadie se levante!!!!- Ordenó Alvar.


Todos comenzaron a reptar arrastrando con la mano a las mujeres, a las que no dejaban levantarse.  Todos menos Alvar, que seguía en el suelo, a escasos centímetros del cuerpo ya sin vida de Jelena.  Ella seguía con los ojos abiertos, uno de ellos se había tornado rojo, por los vasos sanguíneos afectados por el impacto del proyectil en la sien.


Alvar la miraba, buscaba un atisbo de vida, una esperanza.  Se dio cuenta que seguía asido a su mano ya inerte.  Esa imagen le conmocionó.  Lo derrotó.  Pero esa misma imagen lo obligó a levantar su espíritu y cumplir con otro sagrado deber, la justicia.


Miró hacia sus hombres, que ya comenzaban a cruzar el collado.  Vio como Gregorio le esperaba, pero con la mano le ordenó continuar hacia abajo.  Nunca supo si fue la irá o la compasión la que motivó que se lanzará pegado al suelo, en busca del tirador.


Cubierto por la nieve que caía sobre su espalda, pronto se convirtió en un objeto invisible.  En su cabeza no cabía la idea de que un tirador hubiera podido abrir fuego a mucha distancia para ejecutar aquel disparo.  Así que pegado y arrastrado en la nieve, se movía como una serpiente de roca en roca, buscando un ángulo de visión, buscando un indicio.  Y no tardó en ver una silueta blanca, que se movía a saltos en la nieve, también de roca en roca.  El viento golpeaba su espalda, y por lo tanto la cara del tirador oculto.  Así que decidió dejar que lo sobrepasase.  El tirador no se había percatado del español que se había quedado en el suelo tendido esperándole.


Por la mente del ustacha, seguramente se estaba pasando la posibilidad de llegar al collado y desde arriba, abrir fuego sobre los huidos.  Y tal vez esa fuera su idea, pero, se vio truncada.

Alvar, sacó su cuchillo de combate.  No quiso arriesgarse a que el viento llevase en su viaje gélido el sonido de un disparo.  Así que viendo en todo momento al tirador, se sitúo a sus espaldas.  El viento golpeaba el avance el croata, era un tipo grande, fornido, llevaba una capa blanca para mimetizarse con el terreno.  En sus manos lucía un fusil Dragunov, un fusil de tirador de precisión, letal por su calibre, y seguramente por las manos expertas que lo manejaban.


Ese viento, impedía que el croata pudiera escuchar cualquier ruido a sus espaldas.  Y a más avanzaba con prudencia, más veloz el español se acercaba a su espalda.

Alvar vio que el tirador llegaba a la altura de Jelena, eso suponía que muy pronto podría tener a tiro a sus hermanos.  Así que no lo dudó.  Se situó a unos 4 metros del tirador ustacha, éste se encontraba en cuclillas, mirando a unos 7 metros el cadáver de Jelena.  Alvar dejó su fusil sobre la nieve, y cuchillo en mano avanzó recortando la silueta.


El croata miraba al frente, confiado en el terror que había provocado la estampida de los soldados de la OTAN y de las mujeres.  Y por ello no valoró la opción que se le vino encima.  Fue rápido, noto como algo frio entraba por la base de su cráneo, y un destello en sus ojos, como un chispazo le apagó la vida.  Alvar removió su cuchillo en la herida, para asegurar la baja, tal y como le habían enseñado.

No hubo grito ni gemido, no hubo ruido, el viento y la nieve se lo habían llevado muy lejos.  Alvar, se guardó el cuchillo.  Recuperó su fusil, y ya en pie miro al croata.  Era un hombre joven, de unos treinta años, densa barba y ojos grandes y azules.  El rostro que la muerte le dejó era el de la sorpresa.  La misma sorpresa que alcanzó a Jelena.


Alvar lo dejó en el sitió, se acercó a Jelena.  Su cuerpo ya casi estaba cubierto por la nieve.  La cargó a su hombro, y comenzó el descenso del collado con el cadáver de la mujer.

No pensaba en nada, solo en el respeto, en el deber de devolvérsela a sus familiares.  Sabía que dejarla en aquel collado hubiera supuesto el olvido, y él no iba a permitirlo.  Seguramente el olvido alcanzaría al asesino de la mujer, pero no a ella.  No hubo testigos, no hubo partes, solo unas mujeres rescatadas del olvido, y unos ojos azules turquesa, que marcharon lejos con el viento.




Alvar siempre quiso haberse despedido de Jelena, desearle suerte, desearle vida, pero no pudo, por ello, cargó con su cuerpo, cargó con su venganza y su justicia, y cuando entregó su cuerpo a la Cruz Roja, y Dragana la identificó, supo que esa al menos fue la despedida, la mejor manera de soldado de decirle adiós.
 

Nadie de los miembros de aquella patrulla comentó en los informes posteriores como fue aquella escueta y dura batalla por la vida, tan solo se habló de ustachas, mujeres, y escaramuza.  Las mujeres serbias lloraron la muerte de Jelena, y lloraron a la partida de aquellos desarrapados y mal afeitados ángeles de la guardia, y ninguna olvidó la mirada de dolor del hombre que cargó 12 kilómetros sobre su hombro con el cuerpo de su compañera Jelena Popović.  Una mirada de dolor que cargaba con la amargura de las dos tumbas de la venganza, porque aun en vida, Alvar supo que una parte de él murió en aquel collado.

https://resources.safecreative.org/work/1303314857346/label/logo-150 
Propiedad Intelectual Registrada 

No hay comentarios:

Publicar un comentario