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Bienvenidos a mi espacio personal, dedicado con mucho cariño y dedicación, a la vida en milicia, de ayer, hoy y todos los tiempos. En este blog iré colgando mis breves relatos, de esos que se escriben en momentos de inspiración, y que salen del corazón.

En ellos no hay ni motivaciones ideológicas, ni representación alguna de críticas o quejas, sencillamente son un compendio de ficciones literarias, que dedico a los españoles de todos los tiempos, que en un momento u otro de la historia de España, estuvieron, han estado o estarán vinculados con la vida en la Milicia, que han convivido con sus virtudes, sus defectos, sus emociones, sentimientos, pero sobre todo han sentido en sus espíritus, esas palabras que escribió Calderón de la Barca, y que rezaba en una estrofa aquello de "... la milicia no es más que una religión de hombres honrados...".

La espada y la pluma han sido compañeros de viaje durante toda la historia, y siempre se han respetado cuando la lid ha sido justa. Agradezco a todos los visitantes su tiempo por dejarlo aquí, y agradezco los comentarios que obviamente me servirán para mejorar
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miércoles, 14 de marzo de 2012

La Huida


Los ruidos del bosque no amedrentaban a Sergio, los oía, los entendía, los descartaba. Sólo se quedaba con el ruido de las ramas quebradas, el jadeo de cuerpos fatigados, que como él seguían y seguían incansablemente detrás de su presa.

Sergio corría, trepaba, saltaba, se paraba, escuchaba, cogía aire, y volvía a correr. Sus perseguidores no daban tregua, exhaustos y cansados, sabían que él estaba cerca, y por ello esa sensación de victoria cercana, les impulsaba a seguir. 


 Él estaba solo, aislado, sin ayuda. Un hombre solo contra medio centenar de depredadores, que afilaban su mirada, acariciaban los gatillos de sus armas, y olfateaban en busca de una pista, que les dijera que Sergio estaba acabado. Pero Sergio no era una presa fácil, y poco podían imaginar aquella partida de milicianos, que al que perseguían era un “pisahormigas”, un “comepiedras”, un “guerrillero”, un duro y viejo guerrillero de los que por su sangre se escapaba el mismo calor, que de las venas de Juan el Empecinado, de los Almogávares, y de toda una raza que enseñó al mundo como con menos medios, con más hambre, pero con más fe y con mayor ímpetu, se podía frenar al más poderoso de los ejércitos. Sergio era un duro boina verde, heredero de tantas y honrosas tradiciones y hechos, que sin duda aquellos milicianos de los Balcanes, jamás podrían imaginar. 

Él provenía de la vieja escuela, de aquellos guerrilleros que no sabían de tecnologías, que sólo sabían de astucia, de dureza, de esfuerzo, de sacrificios y sobre todo de alma, porque era lo único que tenían. Ya hubiera querido empezar como lo hacen los “chicos” de ahora, con tan buen material, con tan magnífica tecnología, y sobre todo, con tan buenos jefes y tan cualificados…, pero él se fraguó en la sierra, en los duros montes, donde aprendió los olores y sabores del bosque, donde aprendió a ser paciente, donde aprendió a golpear en el momento preciso, y luego desaparecer entre el inmenso salón de su casa, el bosque y la montaña. 

Corría, no llevaba otra arma que un cuchillo que le había quitado a uno de sus captores, pero le era suficiente. El machete no se hiela, el machete no se encasquilla…pensaba. 

Tenía que correr, correr hacia el Sur, allí debía encontrar tarde o temprano a los aliados, y poder contar la traición del intérprete, y poder volver a rescatar a sus hermanos cautivos. El bosque se oscurecía, se hacía profundo.- Voy hacia el valle…estoy bajando…bien…sigue Sergio…Sigue…- Se repetía y se animaba. 

Oyó voces cerca…- Ya están cerca…y no puedo parar…no puedo ni hacerles frente…solo si no queda otro remedio…solo si no queda otro remedio tirare de cuchillo…- Se repetía, y por ello, aún en su trepidante e interminable carrera, conservaba fuerzas, las reservaba… por si tocaba en un último momento, vender cara la piel. Los ruidos se intensificaban, las ramas rotas, las voces, los gritos de los perseguidores se acercaban. 

Llegó a un claro del bosque, y miró con afán, todo era igual, pequeños espacios abiertos, árboles aislados, rocas, piedras, yerba media, pero nada que le sirviera como santuario. Siguió avanzando y siguió escuchando… Su ventaja se reducía, conforme el terreno bajaba, ellos ganaban terreno, y de llegar al llano, Sergio se sabía perdedor, porque seguramente sin otra referencia que la propia montaña, sería presa fácil. Por ello decidió no bajar más, sabía que iba camino a una ratonera, y también sabía que en aquellas laderas, tenía una pequeña oportunidad. 

 La oportunidad se basaba en dar la vuelta…, ya los tenía donde quería, lejos, muy lejos de su campamento, y cansados muy cansados, y creyéndose vencedores. Iban cómodos corriendo cuesta abajo, cargados con sus equipos, con sus armas, con sus estómagos llenos. Sergio iba liviano, sus botas, su pantalón, su camisola, y un cuchillo. Y había guardado fuerzas, muchas fuerzas…. Estudió el terreno, y adivinó que la jauría aun desplegada ocupaba una sola ladera de la vaguada por la que descendía, la otra ladera, más abrupta y dura, estaba limpia. 

Era exigente, era imposible, ramas rotas, piedras interminables, árboles podridos, humedad, agua discurriendo entre rocas, y desnivel inhumano. Este era el lugar perfecto, era donde Sergio sabía que iba a ganar la batalla. El calor del fondo del valle, pronto se volvería a convertir en frío al ascender, los músculos ya relajados de la larga carrera hacia abajo, se iban a tensar al ascender. Las manos y pies se tendrían que usar para subir esa ladera. Y el peso, la ropa y el cansancio, iban a convertir la certeza de victoria en infierno de derrota. Sergio comenzó a ascender por aquella ladera, pronto comenzó a ganar altura, y pronto se sintió fuerte y seguro, se paró. 

Miró hacia abajo, y por primera vez en su carrera, en su huida pudo ver a sus captores. Habían llegado al punto que Sergio había machacado con huellas e indicios de su paso. Conforme la hueste llegaba allí y todos se paraban a coger aire, miraban hacia arriba con desesperación. Las discusiones llegaron, la duda se sembró en los depredadores, la presa ya no era cosa fácil, había vuelto a subir, y por el peor de los lados de la montaña. 

 Todos opinaban, todos señalaban, y el jefe, ordenó subir. Y todos volvieron a correr, hasta que llegaron a la primera ladera, y las piedras, palos podridos, y aguas que discurrían entre ellos, los hacían resbalar. El sudor y el cansancio, unido a los traspiés y a la desesperación y agonía de una ascensión dura, cargados hacia arriba, y sin la certeza de tomar presa, comenzó a doblegar la voluntad de los milicianos. Sergio ascendía y ascendía, y el tiempo que antes había sido su enemigo, porque le recortaba la distancia que le separaba de sus perseguidores, ahora era su aliado. 

A cada zancada, a cada paso liviano, a cada metro ascendido, sacaba y sacaba más distancia. En apenas unos minutos, había triplicado la distancia con sus perseguidores. Siguió subiendo sin mirar atrás, no le hacía falta, los ruidos se oían lejanos. Las voces, que seguramente fueran juramentos se atenuaban, porque los pulmones no estaban ya para florituras. Se detuvo en una zona rocosa, algo más despejada, y miró hacia abajo. No los veía, no los oía, pero Sergio sabía que estaban allí abajo, sudando, mordiendo la ladera, cansados, enfadados, y desesperados. 

 Toda la ventaja de sus armas, ropas y equipo, se tornaba en hándicap, era peso que les arrastraba por la ladera, sin dejarles subir. Situado en el pedregal, Sergio provocó un pequeño desprendimiento de rocas. Sabía que la eficacia a la hora de provocar alguna baja, iba a ser mínima, pero el daño moral iba a ser lo suficiente para seguir mermando la fe de aquellos que le perseguían. Y efectivamente, cuando los perseguidores oyeron y sintieron el desprendimiento de rocas, corrieron despavoridos a protegerse. Y eso justo es lo que quería Sergio, que ahora ya no se sintieran seguros. 

Ahora a cada paso, el que estaba arriba era él, y el que les iba a recordar quienes eran los vulnerables era él. Las rocas en caída, frenaron a los milicianos. Volvieron a discutir, y volvieron a seguir ascendiendo. Sergio sabiendo que los perseguidores no iban a cesar así como así, continúo su ascenso, por la ladera de rocas, y cada 100 metros, provocaba nuevos desprendimientos. A mayor altitud, mayor desprendimiento, más rocas se arrastraban, y mayor pánico desataba entre los ya exhaustos milicianos. Sergio corría, saltaba, no le importaba el desnivel, toda su vida la había pasado así, corriendo, subiendo y bajando, pero sobre todo, toda su vida había tenido fe inquebrantable en sus actos. 

En media hora, Sergio había logrado aumentar la distancia con respecto a sus perseguidores, tanto, que ya ni los oía, ni los sentía. Pronto llegó a un collado que le era familiar, por el había pasado en aquella carrera inicial, en aquella huida fingida, en aquel ardid, que había llevado a vaciar el campamento miliciano. Ahora sabía que tenía más de una hora de ventaja, y también sabía que los perseguidores seguían subiendo con miedo, cansados, agotados, desesperados montaña arriba. 

 Y también sabía que en el campamento sólo se habían quedado dos o tres vigilantes. Comenzó a nevar…y Sergio pensaba…”teniendo la sangre ardiente…el machete es suficiente…”, mientras descendía por la otra cara del collado, en dirección al campamento miliciano, donde sus compañeros de patrulla esperaban sin duda a su Sargento Primero. 

1 comentario:

  1. Este me ha puesto los pelos de punta.... algún día te contaré el porqué tomando algo en alguna terraza....

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