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Bienvenidos a mi espacio personal, dedicado con mucho cariño y dedicación, a la vida en milicia, de ayer, hoy y todos los tiempos. En este blog iré colgando mis breves relatos, de esos que se escriben en momentos de inspiración, y que salen del corazón.

En ellos no hay ni motivaciones ideológicas, ni representación alguna de críticas o quejas, sencillamente son un compendio de ficciones literarias, que dedico a los españoles de todos los tiempos, que en un momento u otro de la historia de España, estuvieron, han estado o estarán vinculados con la vida en la Milicia, que han convivido con sus virtudes, sus defectos, sus emociones, sentimientos, pero sobre todo han sentido en sus espíritus, esas palabras que escribió Calderón de la Barca, y que rezaba en una estrofa aquello de "... la milicia no es más que una religión de hombres honrados...".

La espada y la pluma han sido compañeros de viaje durante toda la historia, y siempre se han respetado cuando la lid ha sido justa. Agradezco a todos los visitantes su tiempo por dejarlo aquí, y agradezco los comentarios que obviamente me servirán para mejorar
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martes, 24 de julio de 2012

EL VADO


El desorden reinaba ya en las filas de los aragoneses, todo el mundo corría a la desbandada.  Allí ya sólo se podía correr hacia el camino a Zaragoza.  Alagón, una villa a cuatro leguas de Zaragoza, y punto elegido por el General Palafox, para frenar el avance del Ejército francés, se había convertido en un infierno de muertos, explosiones, disparos, terror, desorden, desesperación.
Ya nadie obedecía a los oficiales, y todo el mundo ante semejante hecatombe, solo pensaban en correr y en llegar a las puertas de Zaragoza, donde al menos por ahora podrían estar a salvo.  Pero la caballería polaca no dejaba mucho margen…
Todo parecía resuelto, nadie veía al Capitán General, a Palafox.  La última vez lo habían visto subir a la torre de San Pedro, con varios oficiales y personas del Estado Mayor.  Pero tras los disparos certeros de la artillería francesa, nadie sabía si el Capitán General de Aragón, había salido con vida de aquello.
Para entonces Miguel, que andaba con su partida de guerrilleros por el vado del Canal Imperial de Aragón, tuvo un presentimiento fugaz, allí poco se podía hacer ya, miles de paisanos corrían despavoridos en dirección a Casetas, a las puertas de Zaragoza.
Miguel, labrador de Pedrola y buen patrón, había formado una partida de guerrilleros para unirse al improvisado Ejército de Aragón, y aún sin tener formación militar, ni ser muy ducho en las artes de la guerra y la táctica, llevaba hostigando las filas francesas desde Logroño.
Eran 12, a pie, baturros duros de la Ribera del Ebro, que sabían que los franceses a su paso iban a despojar y saquear lo poco que les quedaba, y las cosas claras, ni su honra estaba en venta, ni mucho menos se regalaba.  Así que armados con escopetas de caza, y unos cuantos mosquetones llegados del saqueo de la Aljafería, se dispusieron a plantar cara y no dejar que la bandera tricolor campase por las tierras de Aragón como si fuera su casa, saqueando y destruyendo todo a su paso.
No hubo tiempo para muchas más reflexiones, en una curva del Canal, a unos noventa metros pudo ver Miguel a tres exploradores de caballería, franceses por su uniforme, actitud chulesca y seguridad que les daba el ser el ejército más profesional del mundo.
-          Maños, ahí tenemos a tres.  Gregorio, Lucio y Romualdo… que lleváis mosquetón, acercaros unos cuantos metros, a ese montón de cañas en esta orilla, y en cuanto los tengáis a tiro, mandar a esos sarnosos al otro barrio.- Ordenó Miguel.
Los tres baturros, discurrieron por la orilla del Canal, con mitad cuerpo sumergido, y con los mosquetones en alto.  Ya habían cargado y preparado las armas, solo les restaba acercarse y descerrajar un atento fuego hacia esos voluptuosos dragones de caballería francesa, que fumaban con tranquilidad, viendo el espectáculo de la desbandada de aquel mísero pseudo ejército de paisanos asustados.
Los tres tiradores se acercaron con sutileza, pronto llegaron a las cañas que les servían de dos cosas, una de cubierta improvisada y otra de posición de tiro fácil.  Apuntaron, sopesaron el disparo, si fallaban, les iba a tocar echarse al agua o correr como alma que lleva el diablo, esos lanceros franceses no tenían pinta de ser de los que se quedaban esperando.
Gregorio, un pastor de Pedrola, fue el primero en abrir fuego, apuntó directamente a la cabeza del francés, a la mejilla, para evitar que la bala fuera a salir rebotada por el casco de aquel soldado.  Sus dos compañeros tampoco eligieron mal…, atronaron los mosquetones, y en un segundo los tres franceses cayeron de sus monturas, decir tiene que uno de los cascos salió disparado de la cabeza del francés, lo mismo que su cabeza.
-Bien…- Pensó Miguel, ahora tocaba avanzar rápido hasta llegar al puente de Pamplona, donde había divisado cierto orden defensivo entre las tropas aragonesas.
- Vamos rápido que aquí ya tenemos poco que hacer maños- Dijo Miguel al resto de la partida.  Todos asintieron y con paso ávido, avanzaron hasta la posición donde estaban los tres tiradores.
- No se Miguel… no se… - Decía Gregorio. – Muy fácil ha sido, pero estos eran la avanzadilla, si no nos movemos ya, nos va a pillar toda esta gentuza y aquí nos matan como a corderos-
- Ya Gregorio ya, pero tenemos que seguir por el cauce del Canal, que a campo abierto nos verán, y nos ensartan con esas lanzas en menos que canta un gallo – Respondió Miguel.
Sabía perfectamente que el grueso de los regimientos de caballería franceses no andaban lejos, y seguramente, en semejante planicie, no tardarían en ver a una sospechosa tropa que iba corriendo en dirección opuesta a la desbandada.
Se oían gritos, disparos, explosiones lejanas, y la cosa no pintaba bien, nada bien.  Lo único que los separaba de la vorágine francesa, era el tenue vado del Canal, que con su maleza, los protegía.
-Nada, lo dicho, nos vamos a meter en el agua.  Arriba las alforjas y escopetas, llevadlas cargadas por si acaso, y nos vamos acercar al puente, metidos por el agua, despacico y con buen paso. – Ordenó Miguel

Todos se quitaron las alforjas cruzadas, comprobaron que sus escopetas y fusiles estaban municionados, y se sumergieron en el agua hasta el cuello, elevando los brazos con las alforjas y fusiles por encima de sus cabezas.  Iba a ser una marcha de algo más de un kilómetro bastante peligrosa, dura y sobre todo expuesta, porque cuanto más se acercasen a Alagón, mayor era la presencia de la vanguardia francesa.

Menos mal que era verano, un junio caluroso.  Pero ellos sentían el agua caliente, muy caliente, como sus cuerpos, como su sangre.  Avanzaban tensos, temerosos.  De pronto unas voces extranjeras les helaron el alma.
-Alto…alto..schhhh los franceses los franceses…- susurró Miguel.  El Canal hacía una curva pronunciada hacia la izquierda, y las voces procedían de unos metros en esa dirección.  Miguel llamó a Pedro Sarabia, un labrador de Zaragoza, que por circunstancias tenía intereses en Grisén, otro pueblo de la zona.  Pedro Sarabia era un hombre fornido, atlético y sobre todo resuelto, no en vano, en su barrio zaragozano de San Pablo, tenía fama de tipo de malas pulgas y navaja fácil.
- Pedro, deja la impedimenta en la orilla, y acércate a ver que ves…con mucho cuidado maño, que nos la jugamos….- Le ordenó Miguel.
Pedro Sarabia, obedeció sin rechistar, dejo su escopeta de caza, sus alforjas y abalorios, y sujetando el nudo de su pañuelo (que llevaba ajustado en la cabeza), sacó su navaja de palmo y medio, la abrió y la colocó entre sus dientes.  Se sumergió hasta la nariz, sacó su mano con barro y lodo del Canal, y se embadurnó cabeza y rostro, y como un espectro, se dejó llevar por las aguas hacia la curva del Canal.
A 30 metros pudo ver a dos franceses, por la indumentaria y por la porte, parecían oficiales, demasiados galones y charreteras colgando, pensó Pedro.  Comprobó que no había nadie más en las inmediaciones, así que pensó que esos dos se habían aventurado más de lo debido.  La zona donde estaban los franceses era una zona de sombra, al lado del río,  cubiertos por unos chopos y olmos, que daban una sombra fresca.  Pedro pudo ver los dos caballos de los dos oficiales, atados a unos árboles, y pudo ver como bastante descuidados, habían dejado algo alejada su montura, y seguramente sus armas.  Uno de ellos estaba tumbado en la yerba a la sombra, bastante alejado del agua.  El otro, despojándose de su chaquetilla y camisa, se estaba comenzando asear con total tranquilidad.
Pedro pensó en volver para dar novedades, pero la ocasión la pintaban clara.  Así que se deslizó nuevamente por el agua, y faltando unos 6 metros se sumergió.  El francés se lavaba el rostro, se echaba agua por las axilas, y de una forma rítmica, se agachaba para coger agua y luego se levantaba de forma escandalosa, para mojarse el cuerpo.  Pedro bajo el agua lo veía, y espero su turno…  El francés volvió agacharse con las manos en forma de cuenco para recoger agua, y en ese momento al mirar al agua vio unos ojos bajo esta.  Cuando quiso reaccionar, Pedro emergió y su navaja se hundió en la garganta del francés, entrando por la nuez y saliendo por la nuca.  Murió en el acto.  Pedro sujeto el cuerpo inerte y lo acompañó en su caída al Canal.
El otro francés inmerso en alguna reflexión, seguía tumbado placenteramente en la sombra.  Pedro avanzó unos metros por el Canal, hasta ganar el flanco derecho del francés tumbado.  Salió del agua y como un depredador, fue avanzando lentamente, reptando como una serpiente acechando a un ratón.  Miraba al francés que seguía tranquilo, cómodo y seguramente risueño en ese placentero descanso.  Su mano sujetaba con firmeza la navaja, que aún conservaba restos de sangre del otro francés que ya era comida de peces y cangrejos, y avanzó resuelto.  Apenas le quedaban dos metros, y el francés seguía a lo suyo, canturreaba y silbaba. – Mejor… silba demonio silba y canta, que no me vas a oír llegar- Pensaba Pedro.
Ya había preparado la forma de asestar el golpe mortal, iba a clavar su navaja en el cuello, de idéntica forma que a su compañero.  Alzó un poco la mano con la navaja, plantó la palma de la mano izquierda en el suelo, y adelantó las rodillas un poco.  Se preparó para saltar sobre el francés.  En este mismo momento, una voz, de detrás de los árboles dijo algo en francés.
El oficial se incorporó de inmediato, dando la espalda, por suerte, a Pedro.  Y respondió con un grito molesto, algo que a Pedro le sonó a vale, ya vamos… Y acto seguido llamó a su compañero volviéndose hacia el río.  Pedro no vaciló, la garganta ya quedaba lejos, pero un buen navajazo cerca de la axila izquierda en sentido ascendente, le partiría el corazón en dos y no podría ni decir ni mu.  Así que saltó y sin mediar más de un segundo, el francés notó un pinchazo en su costado.  Cayó fulminado con un grito apagado.
Las voces anteriores habían cesado, y Pedro no sabía si eran porque se habían ido o le habían descubierto y estaban ahora prestos a ajustarle las cuentas.  Oyó un ruido, se giró y vio como un soldado francés, le estaba apuntado con un fusil.  A Pedro se le heló la sangre, era el final, el exceso de confianza le había llevado a su perdición.  Pensó en encomendarse a la Virgen del Pilar, pero no sabía si tenía tiempo, aquello parecía que se iba a resolver pronto.
En ese instante un golpe seco sonó detrás del francés.  Un hacha se había incrustado en su cabeza, y el francés cayó fulminado al suelo. 
Apareció Miguel – Maño…ya está los de ahí detrás los hemos aviado.  Pero ¿Qué hacías aquí que por poco te matan?...- Preguntó
Pedro aún navaja en mano, y con el susto en el cuerpo, le respondió – Matar a dos oficiales a navaja- Miguel lo miró y respondió – Maño, te hemos ganado, nosotros nos hemos ventilado a 16 a cuchillo, hacha y garrota-.
-¿Y ahora?...- Preguntó Pedro.  – Ahora…Ahora a Zaragoza… no guardes mucho la navaja…. -

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