Bienvenidos al Blog

Bienvenidos a mi espacio personal, dedicado con mucho cariño y dedicación, a la vida en milicia, de ayer, hoy y todos los tiempos. En este blog iré colgando mis breves relatos, de esos que se escriben en momentos de inspiración, y que salen del corazón.

En ellos no hay ni motivaciones ideológicas, ni representación alguna de críticas o quejas, sencillamente son un compendio de ficciones literarias, que dedico a los españoles de todos los tiempos, que en un momento u otro de la historia de España, estuvieron, han estado o estarán vinculados con la vida en la Milicia, que han convivido con sus virtudes, sus defectos, sus emociones, sentimientos, pero sobre todo han sentido en sus espíritus, esas palabras que escribió Calderón de la Barca, y que rezaba en una estrofa aquello de "... la milicia no es más que una religión de hombres honrados...".

La espada y la pluma han sido compañeros de viaje durante toda la historia, y siempre se han respetado cuando la lid ha sido justa. Agradezco a todos los visitantes su tiempo por dejarlo aquí, y agradezco los comentarios que obviamente me servirán para mejorar
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jueves, 31 de enero de 2013

Pater Noster, qui es in caelis

-Pater Noster, qui es in caelis, sanctificétur nomen Tuum, adveniat Regnum Tuum… - Un padre nuestro, algo normal en una misa, una oración cristiana elevada al cielo.  Pero no era muy normal que en 1595, en la Inglaterra de Isabel I, unos arcabuceros españoles estuvieran escuchando y participando en una misa católica en la bahía de Mounts, Cornualles.

No era muy normal que 400 arcabuceros de Felipe II, y un puñado de piqueros se hubieran apoderado del poderoso fuerte de Penzance aquel agosto de 1595, y hubieran dado severo castigo a los herejes que allí se guarnecían.  Y no conformes con eso, el Capitán Don Carlos de Amézquita había dado la orden de tomar más terreno inglés.  Total, una vez desembarcados y tomado el fuerte inglés, porque no seguir…, y vaya si lo habían hecho.  Antorcha en mano, y llenando la bolsa, habían pasado a cuchillo y bajo el rasero del fuego que todo lo purifica, Mousehole, Newlyn, Paul y Penzance.



Simón Bautista, arcabucero y soldado viejo de aquel Tercio embarcado, miraba al cielo, y mientras rezaba el Padre Nuestro, elevaba una plegaria a Dios, en la que le pedía la oportunidad de tomar Londres.  No tiraba bajo Simón, pero no era para menos.  Si en apenas dos días habían arrasado el sur de Inglaterra.  Se habían pasado por la piedra y el acero, a la totalidad de las fuerzas enemigas que defendían con cierta saña, su tierra y sus posesiones.  Pero que en cuanto oyeron el primer “Por España…Por el Rey…Por el Apóstol Santiago…”, se les removieron las tripas, las piernas les flaquearon, y al final las vidas se les fueron, porque los aceros españoles los despacharon como bien despachaban los Tercios a los luteranos y calvinistas en aquella Europa del siglo XVI.


-fiat volúntas tua, sicut in caelo et in terra.- Seguía rezando el padre Damián Gracia de Sangüesa, que embarcado en una galera al lado de Amézquita se embarcó por orden directa de Su Majestad Felipe II, para dar cobijo y alentar con la protección divina a aquella pequeña escuadra de cuatro galeras que se fue a invadir Inglaterra.

Simón bajó la mirada al suelo, miraba sus desgastadas botas, y al ver un agujero en el pie derecho, recordó que mejor un dedo al aire, que no tenerlo, y sin querer entró en el trance en el que todo soldado, tras la batalla, pasadas las horas comienza a recordar detalles que en caliente no han sido percibidos…

… -¡¡¡Corred a la derecha !!!!- Les gritó el Sargento Mayor Santisteban a una escuadra de arcabuceros, al observar que por uno de los flancos de aquella encrucijada de caminos en la que se había detenido el Tercio a plantar batalla, se acercaba una numerosa tropa de picas y espadas herejes, dispuestas a cobrarse caro la osadía de aquellos mequetrefes católicos del Sur.

Los arcabuceros se colocaron rápidamente en línea.  Apoyaron sus horquillas en el suelo, soplaron sus mechas.  Los arcabuces estaban cargados previo inicio a la marcha, al salir de la ya arrasada  Newlyn.  Simón Bautista, Pedro Sánchez, y Diego Molina, que eran ya veteranos en estos lances, no se dejaron impresionar por el ruido y griterío de aquellos miserables que se pensaban que la fe verdadera era sólo cosa suya.  Apuntaron lo mejor que pudieron, el humo de las mechas no dejaba ver mucho, y esperaron a la orden del Sargento Mayor, para descargar en los ingleses unos cuantos gramos de amor español en forma de arcabuzazo.

-¡¡¡Fuegoooo!!!- Ordenó el Sargento Mayor y los arcabuces atronaron como lo hacían otros tantos en otros sectores de aquella improvisada batalla.  Y del estruendo y humo inicial, pronto se pasó a un griterío que ya no era tan enérgico como antes.

-¿Qué dicen Simón?... ¿Qué dicen los herejes?- Preguntaba Pedro. Simón lo miró con una sonrisa habitual y le respondió – Que no dicen nada Pedro…que están gritando…gritando porque los hemos jodido bien…-.

Y razón tenía, al menos una docena de ingleses estaban tirados en el suelo, desangrándose y gritando y llorando.  Otros tantos se habían quedado inmóviles, sabían lo que venía ahora.

-Soldados de España, vizcaína y a degüello…- Gritó el Sargento Mayor Santisteban.  Y todos a una, sacaron sus dagas y arcabuz en mano, se lanzaron a por la tropa caída, y a por los que quedaban en pie estupefactos.

Simón llegó de los primeros, pasó por encima de los moribundos, y se tiró al cuello de un fornido pelirrojo, que intentó zafarse del demonio moreno y pequeño que se le acababa de echar encima.  Simón lo primero que hizo, fue lanzar un corte a las rodillas, el gigante cayó de dolor hacia abajo, y antes de que sus rodillas tocasen el suelo, le estaba hundiendo su vizcaína por la yugular a la vez que le escupía en la cara.

El pelirrojo debió pensar que un demonio del averno había salido para llevárselo, porque eso fue lo último que vio, un rostro sucio, unos dientes amarillentos y unos ojos viscerales.  La saliva era un adorno que sencillamente le sirvió para saber que no sólo lo estaba matando, sino que aquel maldito español lo odiaba a muerte.

Fue rápida la mano, todos los ingleses que andaban de pie cayeron al suelo, degollados y acuchillados.  Detrás de los arcabuceros, corrían unos jóvenes pífanos y tamborileros, que adornaban con notas musicales aquella orgía de guerra y sangre.  Y para no ser menos que sus mayores, y también por venganza por la muerte sádica que le habían dado los ingleses a Paquito de Medinacelli, un tamborilero muy querido por la tropa, sacaron sus vizcaínas y algunas dagas menos glamurosas, y se dedicaron a rematar a todo hereje que yacía en aquel descampado.

-Mira Simón los zagales como se han tomado la mano, ya se pueden andar con cuidado estos ingleses, que los de la flauta y el tambor no se van andar con sollozos, estos mozos han aprendido pronto y bien…,mira mira que arte como degüellan..- Decía ufano Diego Molina, que a la vez que hablaba recargaba su arcabuz.
Se unieron a la escuadra del Sargento Mayor Santisteban dos docenas de arcabuceros al mando de un Cabo de escuadra, que también venían de haber mandado con Lutero a unas cuantas docenas de ingleses.

-Viene caballería… los oigo, y vienen a por nosotros- Dijo el Cabo de Escuadra.  El Sargento Mayor hombre de tablas y de mucho arrojo, viendo que ya la tropa había crecido, y aunque no daba para formar un cuadrado, preparó un par de líneas de arcabuceros, y dejó una tercera línea, espada en mano junto con los pífanos y tamborileros daga en mano.

- A mi voz descarga, primero los de abajo, después los de arriba, y resuelto el arcabuz, sacamos toledana y que Dios elija a los suyos, si es que hay alguno entre estos herejes.- Gritó el Sargento Mayor.

Los ingleses llegaron, pero no a caballo, bueno, salvo dos caballeros muy bien ataviados espada en mano.  El resto hasta 50 eran infantes, pero infantes ingleses…Y Simón y sus compañeros lo sabían muy bien, que a la hora de los bastos, cuando se topaba cualquier tropa de herejes con un pedazo de soldados viejos de un Tercio Español, la mano iba a estar resuelta sin tener dudas en el resultado final.

El Sargento Mayor ordenó fuego, y los arcabuces en número de 30 dieron cuenta de una buena parte de esa horda hereje que se aproximaba con cierta premura y con la estúpida intención de romper el flanco español.
No le dio tiempo a gritar eso tan castizo de a degüello… porque aquellos soldados viejos, ya habían saltado toledana en mano, a repartir mandobles afilados sobre las carnes de los ingleses.

Uno de los caballeros que intentó espolear a su rocín para pisotear a un par de arcabuceros despistados ante tanto chollo pelirrojo y rubio…, fue derribado de un solemne pistoletazo en la cara, enviado por el Sargento Mayor, que como siempre, se reservaba la bala de su pistola, para un envite cuerpo a cuerpo, y sobre todo que fuera digno de recibir semejante presente.

El otro caballero huyó como alma que persigue el diablo, aunque realmente si que le perseguía el diablo, un diablo español de 1,60 de pelo negro aceitoso, de barba de varios días, de pies descalzos, y de vizcaína ensangrentada.  No tuvo ninguna duda, corre caballito que vienen los locos del Apóstol Santiago…y aquí lleva las de perder hasta el herrero….

Simón que se estaba dedicando al noble arte de pasaportar herejes hacia el paraíso luterano, vio entre unos arbustos un reflejo metálico.

-Ojo señores soldados….en los arbustos más ingleses…- Gritó.  Y de pronto se alzaron dos ingleses arcabuz en mano y dispararon.  El disparo del más grande, directamente se perdió, le temblaba tanto el pulso que la horquilla se le cayó, y el miedo le gano la mano, sabía que estaba listo.  El disparo del otro, de un rubio con un bigote absurdo y descuidado, se estrelló en la bota de Simón, a la altura de su pie derecho, de su dedo meñique.  Por fortuna, solo arrancó piel de la bota, dejando el dedo al aire.

Simón se lo tomó a mal, eran las botas que le había regalado Teresa, una manceba gallega, con la que tenía tratos.  Y eran las botas para toda la campaña, así que como enemigo que era de saquear cosas que olieran a pies de otro, no tuvo piedad.  En dos saltos se plantó a tiro de toledana de los ingleses, y al que le había agujereado la bota, le hundió tres palmos de acero entre la garganta y el ombligo, vamos en el corazón.  No pudo ni decir “My God”… ni suspirar, lo dejó seco.

El grandote, al ver el modelo de despacho que le había proporcionado a su compinche, salió corriendo, pero Pedro Sánchez que tenía fama de ser el más rápido recargando el arcabuz de todo el Tercio, le propinó un estupendo agujero en la sesera, que lo dejó de bruces en mitad de aquel tortuoso camino…

-Panem nostrum cotidiánum da nobis hódie, et dimitte nobis débita nostra… - Continuaba el clérigo, y Simón volvió a la realidad.  Continuó rezando, rodilla en tierra, cabizbajo, pero sonriente, si se pensaban los ingleses que su San Jorge les iba a proteger, lo llevaban claro, en el próximo viaje, en la próxima visita les iban a construir una iglesia católica allí mismo, para que vieran como las gastaban los soldados viejos de los Tercios de España de su Majestad Don Felipe II.

- sicut et nos dimittímus debitóribus nostris; et ne nos indúcas in tentationem, sed libera nos a malo.
Amén. - 


1 comentario:

  1. Como dijiste veo que las musas te acariciaron con esa imagen que te trajo el relato tan especial que has escrito.

    No se si se borro el anterior msj o no lo envié correctamente.

    Un saludo, cuidate y cuida de los tuyos.

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