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Bienvenidos a mi espacio personal, dedicado con mucho cariño y dedicación, a la vida en milicia, de ayer, hoy y todos los tiempos. En este blog iré colgando mis breves relatos, de esos que se escriben en momentos de inspiración, y que salen del corazón.

En ellos no hay ni motivaciones ideológicas, ni representación alguna de críticas o quejas, sencillamente son un compendio de ficciones literarias, que dedico a los españoles de todos los tiempos, que en un momento u otro de la historia de España, estuvieron, han estado o estarán vinculados con la vida en la Milicia, que han convivido con sus virtudes, sus defectos, sus emociones, sentimientos, pero sobre todo han sentido en sus espíritus, esas palabras que escribió Calderón de la Barca, y que rezaba en una estrofa aquello de "... la milicia no es más que una religión de hombres honrados...".

La espada y la pluma han sido compañeros de viaje durante toda la historia, y siempre se han respetado cuando la lid ha sido justa. Agradezco a todos los visitantes su tiempo por dejarlo aquí, y agradezco los comentarios que obviamente me servirán para mejorar
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lunes, 1 de agosto de 2011

EL BESO A LA BANDERA



Jaime sabía que eran los últimos reclutas, después se acabó, la mili era ya cosa de los libros e iba a ser cosa de batallitas que contar a hijos y nietos.  Estaba en formación en pleno acto de Jura de Bandera.  Se sentía emocionado, se sentía importante.

Era el guía de su Compañía e iba a ser el primero de todos sus compañeros en besar la Enseña Nacional.  Una Bandera de España que llevaba recogiendo los besos de tantos hijos a lo largo  de un par de siglos, que ya solo verla exportaba una extraña sensación, como la que despiertan las madres en los hijos.   Aquella Bandera representaba muchas cosas, la más importante, el compromiso con la Patria.  Ahora no le sonaba raro esa palabra, Patria.  Hace unos meses, para un muchacho recién salido del instituto, le sonaba a algo viejo, a algo de los libros, a cosas muy ajenas a su mundo.

En cambio ahora, tras dos meses de convivir con otros hombres, con encontrar hermanos entre la masa de desconocidos, de aprender a ser humilde, honrado, pulcro, educado (más si cabe), tenaz, abnegado, después de haber descubierto todos esos valores y virtudes que llevaban años ocultos en su interior, ahora entendía el porqué de ese esfuerzo y sacrificio.  Y en ese mismo instante comenzaba a honrar a todos aquellos Soldados que le habían precedido, y a los que posteriormente a lo largo de los años, en una u otra vicisitud, iban a continuar entregándose por España.


Acababan de hacer el Juramento, y todavía retumbaba en sus oídos y en su corazón el estruendo del “¡¡¡¡Si lo juramos!!!!”, sentía henchido el corazón, era como si cierta embriaguez inundase su consciencia, era el primer paso para convertirse en Soldado de verdad, hasta ahora había hecho las cosas bien como Recluta, pero este bautizo de hombres, era el sublime acto que llevaba al momento más intenso de su corta vida.

Todo estaba ensayado, sabía perfectamente que tenía que hacer ahora.  Iba a salir al paso, desfilando el sólo, e iba a salir orgulloso, para hacer ese corto recorrido que lo llevaba a la Bandera, que le acercaba a la que iba a ser su nueva casa, su Unidad, su nueva familia.  El Sol lucía espléndido, como un abanderado más en aquel Patio de Armas.  Estaba llegando el momento del pacto con la Patria, del beso, del compromiso más allá de lo material y  había llegado el momento de zambullirse en la hermandad de los hombres más honrados que han pisado la tierra, iba a formar parte del abrazo eterno de quienes han servido en la Milicia.

Sonaron las cornetas, y la Banda de Música Militar comenzó con el sagrado deber de acompañar a los nuevos hermanos en ese camino que llevaba hacia la Bandera, hacia el lazo de unión entre los hombres y su Patria.  Sonó el pasodoble de “Los Voluntarios”, a Jaime le gustaba esa pieza musical, desde niño ya la había oído, el tarareo de su abuela, el tarareo de su madre, y la voz de su padre cuando le contaba que el juró Bandera en su Mili, al son de “Los Voluntarios”.

Mentalmente comenzó a estudiar los redobles del tambor, escuchó, se concentró, contó hasta tres, y dio el paso.  Ese paso saliendo fuera de la formación, sólo, dirigiéndose a ese momento íntimo entre la Patria y sus hijos, en ese momento en el que no se oye nada, salvo el redoble del tambor, que es la mano que guía certera hasta el punto en el que un Soldado se encuentra con su Bandera, y en donde el beso ritual llena de sentimientos y sensaciones a todos los que han llegado hasta ese instante.

Jaime pisaba fuerte, sin exagerar pero firme.  En su mente la voz de su instructor resonaba con fuerza, -“izquierda…izquierda…izquierda…derecha…izquierda…., brazo recto, muñeca girada, bloquear el codo, barbilla alta…..hasta la horizontal……izquierda…izquierda…izquierda…”-.

Quería hacerlo bien, sabía que lo estaban mirando, pero no sólo las más de 2000 personas que llenaban el patio de Armas, sino cientos de miles que desde el cielo lo observaban, todos aquellos que antes sirvieron a España a lo largo de los siglos, ese día, le estaban observando y le estaban guiando.

Hizo una variación, la música le llevaba en volandas por el recorrido, el redoble del tambor le marcaba el paso, y comenzaron los aplausos. ¡¡Qué era aquello!!...¿Qué significaban esos aplausos?... Y mientras continuaba con su paso firme, oyó un grito que le decía desde la grada, -¡¡¡Bravo Soldado…Bravo!!!!- Una voz anónima, dura, emocionada, desconocida pero que le acompañaba bajo los sones de la música.  Sintió un nudo en la garganta, no se esperaba aquello, lejos de verse como una marioneta en un espectáculo visual y musical, se sintió dentro de una inmensidad.  Si los Ejércitos servían a España, él ya era parte de todo aquello, y el pueblo español, lo estaba reconociendo como hijo adoptivo…-¡¡¡Viva la madre que os parió!!!- otra voz anónima que dentro del fervor popular, acrecentaba el estado febril que iba inundando a Jaime.

Otra variación, ya se encontraba en la línea recta que le llevaba a la Bandera.  Ya la veía, desplegada, hermosa, reconfortante como una madre cuando un hijo la reclama.  No tenía dudas, seguía concentrado en el paso, y el corazón comenzaba a palpitarle.  – Recuerda Jaime, a tres pasos antes, fuera gorra…- Se dijo en una pequeña reflexión, en un pequeño recordatorio que su memoria muscular ya tenía grabado a fuego.

Miró al Teniente abanderado, miró a su Jefe de Sección, vio al “pater”, y con el rabillo del ojo vio la grada, vio a la gente aplaudiendo, gritando. – Dos pasos más… ya estamos… ya estamos Jaime…- Se repetía y llegó el instante.

Se acercó con paso firme, una mano blanca le acercó la Bandera a la cara, y sin perder el paso, emocionado, con mil palpitaciones, con la respiración atascada, con emoción en los ojos lanzó su rostro y sus labios a encontrarse con España.  El beso fue fugaz, sonoro, así lo quiso, para que ese sonido del beso le acompañara durante años, y para demostrar que su juramento y su compromiso quedaban sellados por sentimiento.

Notó un flash de cámara fotográfica, había quedado inmortalizado y ello le devolvió una sonrisa fugaz que rompió un instante con el rostro serio y marcial, dio dos pasos más, y volvió a ver el cielo, azul, despejado.  La música había cambiado, ahora tocaban “La Bejarana” y al ritmo del redoble del tambor, regresaba a su puesto en formación.

Los aplausos seguían surgiendo desde las gradas, los gritos y los “vivas” eran continuos, y Jaime con el rabillo del ojo, buscaba una cara conocida. Buscaba a su padre, porque sabía que estaba allí, y que seguramente en ese instante, era ya el padre más orgulloso de todos.  Fue imposible, la multitud y el colorido apenas permitían encontrar un detalle, así que prosiguió hacia su formación.

Llegó y se sitúo en su posición, desde allí, algo ya más relajado fue viendo como todos los compañeros y el resto de hermanos de otras Unidades, iniciaban su peregrinaje hacia la Bandera, hacia ese momento que ya era imborrable para él. –Que fugaz ha sido…casi no me da tiempo….- Se decía para sí.  Intentó recordar los detalles del momento, y sólo veía la mano blanca sosteniendo con rigor la Bandera, el color rojo y el gualda, que se arrojaban sobre su rostro, y en ese momento se acordó que había cerrado los ojos, dejó que fuera el corazón el que mirase por él, y escuchó el ruido del beso.

Las Compañías fueron terminando, y pronto iba a comenzar el acto final, el paso de a tres, ya al lado de sus hermanos, ese momento tan íntimo o más, en el que en compañía de aquellos con los que estaba realizando este viaje de la vida, iban a refutar el Juramento, pero ya como Soldados, ya como hombres distintos.

La formación de a tres salió, el mismo recorrido, el mismo redoble, ahora sonaba “La Banderita (Las corsarias)”, de nuevo el corazón se le aceleró, sus palpitaciones volvían a oírse en su interior, se tensionó, volvió a recordar cómo había que desfilar, y volvió a dejarse llevar por todas esas emociones.  Una variación, otra, ya estaban en dirección a la Bandera.  Oyó la voz del Jefe de Sección, -Recordad chicos, a mi voz de ya, os quitáis la gorra, a mi voz agacháis la cabeza, y a mi voz arriba y a ponerse la gorra….ya lo tenemos, venga, vamos-.

Llegaron a la altura de la Bandera, los tres agacharon su cabeza, era otro beso, era su entrega, era el instante en el que al levantar la cabeza tras haber pasado por debajo de su Bandera, ya eran Soldados de España, y entraban a formar parte de esa gran hermandad de aquellos que entregaron y entregarán, juventud, ilusión, trabajo y abnegación por un fin superior, el servir a España como mejor puede hacerlo un digno hijo de su Patria, en el puesto donde si es preciso entregar la vida, se hará… con honor, orgullo y amor hacia España y los españoles.

PD: Dedicado a los Soldados de ayer que abrazaron la Milicia porque tuvieron que hacerlo, pero fueron leales y patriotas, y sobre todo españoles que cumplieron e hicieron, lo que se les exigió, porque así lo quiso su Patria y ellos no negaron y aceptaron.

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