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Bienvenidos a mi espacio personal, dedicado con mucho cariño y dedicación, a la vida en milicia, de ayer, hoy y todos los tiempos. En este blog iré colgando mis breves relatos, de esos que se escriben en momentos de inspiración, y que salen del corazón.

En ellos no hay ni motivaciones ideológicas, ni representación alguna de críticas o quejas, sencillamente son un compendio de ficciones literarias, que dedico a los españoles de todos los tiempos, que en un momento u otro de la historia de España, estuvieron, han estado o estarán vinculados con la vida en la Milicia, que han convivido con sus virtudes, sus defectos, sus emociones, sentimientos, pero sobre todo han sentido en sus espíritus, esas palabras que escribió Calderón de la Barca, y que rezaba en una estrofa aquello de "... la milicia no es más que una religión de hombres honrados...".

La espada y la pluma han sido compañeros de viaje durante toda la historia, y siempre se han respetado cuando la lid ha sido justa. Agradezco a todos los visitantes su tiempo por dejarlo aquí, y agradezco los comentarios que obviamente me servirán para mejorar
.

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sábado, 30 de julio de 2011

LA OCTAVA CARGA


Tendrán los caballos alma…- Pensaba Rodrigo mientras picaba espuelas con su sable al frente, dando la cara a la muerte que le esperaba en forma de fusiles y balas, con los que los rifeños, escondidos tras zarzales  y chumberas, abrían fuego.  La sed era implacable, el polvo del fondo de aquel cauce seco del río Igán, se había quedado impreso en las pieles de los jinetes y sus corceles.

Agripa, el caballo de Rodrigo sudaba, sangraba por sus encías, los estribos y los continuos tirones propios de la batalla, le habían dañado toda la boca.  Sus costados sangraban, no abundantemente pero sí, que un manto rojo cubría el lomo de Agripa, las continuas arengas que le provocaban las espuelas del jinete, carga a carga le habían producido unas heridas importantes.  Pero seguramente para Agripa, ese magnífico caballo de color azabache, de generosa crin y de ojos abiertos y despejados, que llevaba 4 años de servicio en el Regimiento, todo eso, eran avatares de la vida de un corcel en un Regimiento de Caballería.

Rodrigo oía las voces de sus compañeros que hacían eco de las órdenes de sus Oficiales, de los pocos que ya quedaban, tanto Oficiales como la Tropa, andaban ya muy disminuidos tras las cargas a lo largo de aquel interminable 23 de julio de 1921, en el que el Regimiento de Cazadores Alcántara Nº 14 estaba entregándose en vida, a proteger a los maltrechos restos de la fuerza española, que tras el debacle en Annual, se batían en retirada hacia El Batel, en dirección a Melilla.


A toque de diana, esa mañana había 691 jinetes.  Ahora tras 6 cargas, Rodrigo apenas podía contar dos centenares.  Los Escuadrones estaban diezmados, y se reagrupaban de la mejor manera, cerrando filas.  Pero las órdenes eran proteger a aquellos desvalidos soldados, que asustados, diezmados, derrotados, desmoralizados corrían desesperadamente por sus vidas.  Un único objetivo, llegar a la plaza de Melilla y al menos allí, intentar salvar la vida.  Porque los rifeños avanzaban sin nada que los frenase, habían pasado a cuchillo durante toda esa semana a todas y cada una de las guarniciones españolas.

Las palabras del Teniente Coronel Primo de Rivera, habían sido vaticinadoras de todo lo que se esperaba de ellos.  Sonaban en su cabeza como un látigo:

“Ha llegado para nosotros la hora del sacrificio. Que cada cual cumpla con su deber. Si no lo hacéis, vuestras madres, vuestras novias, todas las mujeres españolas dirán que somos unos cobardes. Vamos a demostrar que no lo somos”…

Y en el Alcántara no había ni un solo cobarde, tanto jinetes como sus caballos, habían entregado sus cuerpos y sus almas, al sagrado deber de la Caballería, proteger a los indefensos y desvalidos, poniendo en el empeño, la mirada del águila, la velocidad del rayo, y el corazón del león… y con ello sus vidas.

Agripa relinchaba, sentía poderosamente en su sangre los efluvios de la batalla.  Los rifeños retomaban una y otra vez las posiciones en la ladera del río Igán, pero al igual que el Regimiento disminuía a cada carga, las fuerzas rifeñas cada vez que el huracán de la Caballería Española pasaba por encima de sus posiciones, estas fuerzas de salvajes, eran a su vez diezmadas.  Caballos y jinetes del Alcántara caían en la carga, a lo largo de los largos metros que separaban una y otra vez, la libertad de los compatriotas de la columna de aquellos desvalidos, y los rifeños.  

Pero una vez que los sables de estos valerosos jinetes, llegaban a la carne, los brazos fuertes y sus sables bizarros daban cuenta una y otra vez, de aquellos miserables fusileros rifeños, que llevaban escrito el mensaje de la muerte y maldad en sus ojos.

Rodrigo estaba encuadrado en el primer Escuadrón, en el Segangan, apenas pudo ver al mirar a su izquierda y a su derecha a más de 40 jinetes.  Vio a su teniente, que andaba mal herido, con una venda en la cabeza.  Vio al Sargento Martin, con una pierna casi destrozada, y vio a otros compañeros, todos con el sable en la mano, las riendas sujetas con firmeza, y en sus ojos, una mirada vidriosa, sin emociones, pero concentrada.

Las órdenes fueron claras, -¡¡Al paso…!!..- y el Alcántara volvía por séptima vez a cargar.  Los caballos ya exhaustos comenzaban a avanzar al paso.  Comenzaron a verse fogonazos a lo lejos, y algunas balas comenzaban a silbar cerca de las líneas de jinetes.  Inmutables como desde el principio, cada uno fue fijando sus objetivos… 

-Si llego, esos dos canallas de esa chumbera serán míos..- Pensó Rodrigo.  Y Agripa seguramente supo escuchar a su jinete, porque no se desvió ni un centímetro en su avance.  El caballo fijó también su mirada en aquella chumbera, y en aquellos rifeños, enseñó los dientes, afiló su mirada y relinchó.

-¡¡Para cargar!!- Los jinetes comenzaron a espolear a sus maltrechos corceles, y las líneas de cazadores del Alcántara comenzaban a tomar velocidad.  Se volvía a conjurar el huracán de la Caballería, y todos sintieron que el Apóstol Santiago volvía a cabalgar junto a ellos, blandiendo su espada como un jinete más.

Rodrigo espoleó al caballo, Agripa respondió aligerando el paso.  Se oía la respiración forzada del caballo, el ruido de los cascos al batir el suelo, el jadeo de los jinetes…

-¡¡¡Carguen…!!!- Y el Regimiento como un solo ente se lanzó a la muerte una vez más.  Los caballos apenas podían lanzarse al galope, algunos caían al suelo, exhaustos, otros por más que eran espoleados no superaban más allá del trote.  Otros, entregados al sonido de las cornetas, al grito de los jinetes, al sonido de los disparos, se entregaron al galope, no con tanto brío, no con la fuerza de las primeras cargas, pero con el ímpetu necesario para desatar el ya nombrado huracán.

Agripa avanzaba, Rodrigo con el sable en la mano, con el cuerpo agachado pegado al cuello del caballo, le gritaba - ¡¡Adelante Agripa!!...¡Sigue!... ¡Sigue!¡¡¡Viva España!!! …¡¡¡¡Viva el Alcántara!!!!... sigue Agripa…sigue hermano…- 

El caballo respondía a la arenga de su jinete, volvió relinchar, volvió a incrementar el galope.  Ya se veían de cerca los fogonazos de los fusiles de la Harka rifeña.  Ya se oía la muerte, podía ver que la línea de jinetes del Escuadrón se desmoronaba, que caballos y jinetes caían al suelo, quedando en perfecta formación junto a otros hermanos ya caídos en las anteriores cargas.

Rodrigo se acercaba como el rayo hacia su objetivo, los dos rifeños se percataron que el jinete del Alcántara ya había fijado su dirección hacia ellos.  Iba resuelto, y no se podría decir quién ponía más ímpetu en el avance, si el corcel o el jinete.  Seguramente ambos, en comunión, dueños de su destino.  La primera línea del Regimiento engulló a la primera línea de los tiradores rifeños, los Escuadrones habían quedado mezclado.  Primero los más fuertes todavía, que fueron traspasando las líneas de la Harka.  Detrás, no menos peligrosos iban llegando las desvalidas líneas de jinetes y caballos a menos velocidad.  Algunos incluso ya llegaban a la línea a pie, fusil en mano, disparando a cuanto rifeño aparecía o salía en desbandada.

Rodrigo persiguió a los rifeños unos cuantos metros, al primero de un golpe de sable, le abrió la cabeza, el segundo fue cosa de Agripa, el cual lo arrolló y lo batió bajo su poderosa pisada.  Ambos siguieron en el avance de la línea.  Los rifeños salían corriendo, algunos más sosegados o menos impresionados por el poderío de aquella fantástica maquinaria de combate, compuesta por caballo y jinete español, se atrevieron a desafiarla.  El resultado fue el mismo que para sus secuaces, la bravura y la fuerza de los caballos y jinetes del Alcántara, realizaron todo y más de aquello que se esperaba de ellos.

Rodrigo retuvo la carrera de Agripa, pararon. Se secó el sudor con la bocamanga del uniforme, y miró alrededor.  Comenzó a ver una muchedumbre que disparando a todo lo que se terciaba, se les venía encima. Y la corneta sonó, tocaba a reagrupar las filas, tocaba volver antes de que la Harka, volviera a tomar posiciones y quedasen expuestos al fuego.

El regreso al vado del río Igán fue una tortura.  Los caballos ya exhaustos en su totalidad, iban prácticamente al paso, Rodrigo comenzó a contar a groso modo cuantos volvían.  En esa carga, prácticamente casi la mitad de los que habían cargado en ese séptimo asalto, habían dejado la vida.

Agripa ya trotaba forzado, Rodrigo notaba como los pulmones del caballo no se llenaban de aire, con su palma acariciaba el cuello y la crin del maltrecho Agripa, pero seguía, seguía en pie como su jinete.  El primer Escuadrón se fue reagrupando, apenas se podían contar 20 jinetes, el Teniente ya no estaba, ni el Sargento Martín tampoco.  Sus ojos se llenaban de lágrimas, todos cuantos amigos tenía, muy seguramente estaban ya muertos.  De su orgulloso Escuadrón, apenas quedaban vestigios testimoniales de lo que había sido una Unidad de valientes cazadores.

La columna de tropas a la cual protegía el Regimiento Alcántara, todavía no había cruzado por ese paso, y la Harka volvía a posicionarse para hostigar, y cumplir así sus criminales actos.  Pasaron los minutos, el tiempo no se detuvo, ni ninguno de los cazadores del Alcántara que quedaban en pie quiso que así fuera.  Era su destino, era su momento, era su sacrificio y eran los laureles con los iban a bordar la gesta más honrosa y sublime de la Caballería de todos los tiempos.

Rodrigo descendió al suelo, quiso inspeccionar a su hermano.  Agripa, ya expulsaba sangre por la boca, su respiración era irregular.  Miraba a su hermano, a ese jinete con el que estaba alcanzando la gloria.  Ambos se miraban, la manos del jinete acariciaban el hocico del caballo, y éste, se calmaba.  

Rodrigo miró a su alrededor, y pudo ver como todos los jinetes hacían lo propio, mimar a sus hermanos, a sus caballos ya héroes, y todos tragaban saliva, la poca que tenían porque el Sol y el polvo, les impedían tener algo más que polvo en la boca.

De repente a viva voz, se oyó una voz, recia, fuerte, febril -…-…¡¡¡Cazadores del Alcántara…..Monten!!!...

Rodrigo fue consciente en ese momento del destino.  Aún quedaban hombres que proteger, aún no se había agotado el tiempo para aceptar ese servicio.  Miró a los ojos al caballo, lo acarició como quien acaricia a un ser muy querido, y le dio un beso en el hocico.  Un beso de hermano, era la sublime despedida.  Un momento tan íntimo y fugaz, que sólo puede entenderse, cuando uno vive y muere junto a un hermano.

El jinete montó.  El caballo volvió a relinchar.  Y el cazador del Alcántara se dirigió a la primera línea de las que se estaban formando.  Todos  jinetes se miraban, todos cual espectros de barro, se miraban.  Todos sabían cual iba a ser el destino, y dando por hecho que no eran mejores que sus compañeros y amigos ya caídos, sonrieron, sonrieron a la muerte y al destino.

-¡¡¡Cazadores del Alcántara….!!!..¡¡Saquen Sables….!!!...-  Y todos de forma unísona sacaron sus sables, los cuales relucieron bajo el cielo de Marruecos como una lluvia de estrellas y de muerte.  -- ¡¡¡ Para cargar…..!!!!....¡¡¡Por España….Por nuestro honor…!!!...¡¡¡¡¡¡CARGUEN!!!!!

Y así comenzó la octava carga del Regimiento de Cazadores Alcántara Nº 14.  Ya no hubo galopes, ya no hubo trotes.  Los caballos marcharon al paso, los jinetes se situaron en línea, y se lanzaron al sublime martirio, al sacrificio.  Rodrigo miró a izquierda y derecha, reconoció rostros, y junto a sus hermanos, avanzaron para ganar el cielo, para entrar en la Historia, y para proteger a sus compatriotas, en una última y sublime carga de Caballería.

Atronaron los fusiles de la Harka, y los Cazadores del Alcántara esa tarde de julio de 1921, ganaron su inmortalidad.




2 comentarios:

  1. Corrijo, siete veces de siete me has hecho parpadear y subir de pulsaciones.

    Eres muy bueno...

    Cuidate y cuida de los tuyos.

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  2. ficticio o realida , reflejas a mi entender el espiritud del buen español . gracias por lo que escribes y sigue , como dice Cecilio me haces subirme las pulsaciones, felicidades

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