Bienvenidos al Blog

Bienvenidos a mi espacio personal, dedicado con mucho cariño y dedicación, a la vida en milicia, de ayer, hoy y todos los tiempos. En este blog iré colgando mis breves relatos, de esos que se escriben en momentos de inspiración, y que salen del corazón.

En ellos no hay ni motivaciones ideológicas, ni representación alguna de críticas o quejas, sencillamente son un compendio de ficciones literarias, que dedico a los españoles de todos los tiempos, que en un momento u otro de la historia de España, estuvieron, han estado o estarán vinculados con la vida en la Milicia, que han convivido con sus virtudes, sus defectos, sus emociones, sentimientos, pero sobre todo han sentido en sus espíritus, esas palabras que escribió Calderón de la Barca, y que rezaba en una estrofa aquello de "... la milicia no es más que una religión de hombres honrados...".

La espada y la pluma han sido compañeros de viaje durante toda la historia, y siempre se han respetado cuando la lid ha sido justa. Agradezco a todos los visitantes su tiempo por dejarlo aquí, y agradezco los comentarios que obviamente me servirán para mejorar
.

Todos los textos de este blog se encuentran bajo licencia legal de todos los derechos reservados al Autor, y por lo tanto, cualquier copia o difusión sin autorización ni conocimiento del autor, serán puestos en conocimiento de los servicios jurídicos. Este blog queda protegido por los derechos de autor y Propiedad Intelectual Registrada.

domingo, 24 de julio de 2011

6 FUSILES EN T'ZELATA



Eran más de las 12 de la mañana, y el sol ya no daba tregua. Los rebeldes marroquíes seguían hostigando y en su empeño de tomar aquella loma. Hacia unas horas había muerto heroicamente el Teniente Ortiz de Zárate, y Gonzalo uno de los Cabos legionarios paracaidistas, de la 3ª sección de la 7ª Compañía de la II Bandera, andaba metido en medio de todo aquel desastre.

-¿Quién fue el listo que no dio armamento a los conductores?- Preguntaba García, un Cabo del segundo pelotón. Gonzalo lo miró y con un gesto grotesco, le dijo bastante.

-¡¡Que vuelven!!... ¡¡Que vuelven los moros…atentos!!- Se oyó una voz que gritaba desde el otro flanco de aquella loma. Todos se dispusieron con sus viejos fusiles del 7,92 al frente. Y ahí volvían. Una horda de moros rebeldes, que incluso tenían mejor armamento que los sufridos legionarios paracaidistas de aquel noviembre de 1957.

-¡¡Apuntad bien y sobre todo disciplina en el tiro…ahorrad munición que esto pinta para largo!!...- Gritaba Esteban, Cabo del primer pelotón de aquella desafortunada sección. Y el infierno se desató, ráfagas, tiros, y muy malas intenciones.


El frente de la loma se veía batido por más de 50 fusiles, que con su “paqueo”, no dejaban que los españoles pudieran levantar cabeza. Las balas silbaban por encima de sus cabezas, y los tiradores, apenas podían encarar sus fusiles. Todo tenía su lado bueno, los moros no subían por ese frente, sabían a lo que se exponían. Primero a ser batidos por sus compañeros de fatigas, y segundo que los paracaidistas allí medio atrincherados, les iban a devolver los cambios, a nada que levantaran un palmo su cuerpo de sus posiciones.

Además, la ametralladora, la única ametralladora que disponían los legionarios paracaidistas, estaba situada en ese centro de la improvisada posición, y mantenía a raya cualquier conato de avance en grupo. El Cabo que mandaba la Escuadra era un mallorquín duro de pelar, que no se arrugaba ni ante el avance de toda una División. Y no iba a dejar que mientras él estuviera de pie, nadie entrase por allí.

El flanco derecho era el más castigado. Era una zona más abrupta y los moros comenzaban como desde hacía ya muchas horas, a subir por esa escarpada zona, e iban dando salto de abrigo en abrigo, y hostigaban no sin mala puntería. De hecho, uno de esos rebeldes le había sesgado la vida al Teniente Ortiz de Zárate.

-Si no hubiera reventado el mortero….- Se lamentaba al lado de dos heridos el Brigada sanitario. Tenía a su cargo, junto con el Capitán médico a 3 heridos de diversa consideración y un par de bajas por golpe de calor, que a puro de mascar hojas de chumbera los estaban reanimando.

En ese flanco derecho estaba Gonzalo, los disparos se sucedían sin descanso alguno, los moros tenían prisa, querían eliminar a las tropas españolas, tanto a esa sección sitiada, como a los que quedaban en el puesto de T'zelata. –Si al menos tuviéramos alguna granada…- Pensaba hacia sus adentros Gonzalo.

Las balas silbaban, y para colmo había una ametralladora, que gracias a Dios que estaba muy mal situada, pero aún así, batía con peligro amenazante las posiciones del 2º pelotón. 

-Venga fuego ¡¡¡fuego a discreción!!! Darles duro que ya sabéis lo que va a pasar si nos cogen- Gritaba el Cabo Esteban. Varios moros cayeron rodando hacia la base de la loma. Los paracaidistas, a pesar de tener que usar armamento de la guerra civil española, ya bien por tirar de oficio o por tirar de arrojo, estaban poniendo mucho empeño en vengar la muerte de su Teniente, y obviamente, estaban poniendo las cosas claras a los moros por si sus intenciones eran subir y vencer.

Gonzalo vio a un moro que saltaba entre las rocas, se agachaba, era muy ágil. Tomaba posición, disparaba, tardaba unos segundos y volvía a saltar, pero siempre hacia arriba. Se tomó su tiempo, estudió cada uno de los saltos.-Cánsate…cánsate que pronto te voy a apañar- pensaba mientras lo perseguía con los elementos de puntería del viejo fusil.

¡¡Pumm!!...y una bala le partió el pecho al moro. Y cayó rodando ladera abajo. Volvió a encarar el arma, y localizó otro blanco. Era un moro que disparaba por disparar…, no había certeza alguna en sus intenciones, Gonzalo presumió que el moro esperaba que Alá guiase su mano o sus balas, dado que él desde luego no las guiaba. Así que con calma cuadró miras, apuntó, aguanto la respiración y suavemente accionó el disparador. ¡¡Pumm!! La cabeza del moro se abrió como una sandía.

El flanco izquierdo se encontraba menos hostigado con paqueo, pero estaba sometido a vanos intentos de flanqueo al asalto. Los moros subían y subían, y obviamente bajaban y bajaban… no tan enteros, porque la mayoría eran muertos o heridos, y los que andaban más vivos, era porque corrían como si el diablo les azuzase a sus cancerberos.

-¡¡Médico!! ¡¡Médico!!...¡¡Mi Capitán….un herido!!...- Gritaba una voz desgarrada. Y todo era volver a empezar, sed, calor, disparos, miedo, falta de agua, y la extraña sensación que eso iba para largo, y ellos allí sin otro apoyo que su voluntad.

Un soldado de Transmisiones contactó con el Mando de la Bandera por radio. –¡¡Mi Sargento...mi Sargento!! Enlace con la Bandera…que dicen que aguantemos que nos van a mandar cuando se pueda suministros y apoyo- El Sargento Moncada, que había quedado al mando de la Sección, miró para el cielo, luego miró hacia el suelo, y le guiñó un ojo al radio operador. – Diles que no va a llover, que se acuerden del agua- Y se volvió hacia una de las posiciones, para arengar a la Tropa y poner un poco de orden en aquellos momentos de incertidumbre.

El Cabo Esteban se acercó agachado hacia donde estaba su compañero Gonzalo. –Gonzalo, están empezando a ponerse más duros estos moros, que ya empiezan a subir y subir, y no se yo, si vamos a poder aguantar, como se nos pongan parapetados en esas piedras de ahí abajo.- Le dijo con voz seria y rasgada.

-Tienes razón Esteban, como se planten ahí, nos van a causar más problemas de los que ya tenemos. Voy a comentarle al Sargento Moncada, a ver qué hacemos, porqué en un momento dado, me bajo con mi Escuadra a las piedras, y a ver si hay suerte y podemos abrir una brecha, que allí abajo hay un pozo que nos vendría de perlas…- Le respondió Gonzalo.

Se acercó a la posición del Sargento y le comentó lo hablado con el Cabo Esteban. Moncada que andaba resuelto a aguantar y a vender muy caro todo pellejo español que allí aguantaba, dudó, pero a veces tocan ciertos sacrificios, y si había una oportunidad de liberar de presión un flanco, tal vez eso diera un respiro
-Venga Gonzalo, coge a tu Escuadra, llenaros los bolsillos de cartuchos y tomad esas piedras, pero nada de llegarse al pozo, ni nada de bajar al camino. Quedaros en las piedras y mantener a raya a los que crucen el camino. Reforzaremos un poco vuestro puesto desde arriba, con algunos tiradores más, de tal forma que no estaréis tan solos.- Dijo Moncada.

-Si mi Sargento, nos ponemos a ello. ¿Lo del Teniente una pena verdad mi Sargento?-Respondió Gonzalo. El Sargento lo miró y le dio unas palmaditas en el hombro.

El Cabo Gonzalo, reunió a su Escuadra, y los 6 se abastecieron de munición, que era lo único que aún tenían, a parte de un pan y una lata de sardinas por barba, que era la ración de día que les habían dado antes de salir.

Esteban con su Escuadra y un refuerzo de dos tiradores más, comenzó abrir fuego sobre la zona de rocas que estaba debajo del flanco derecho, la intensidad del fuego obligó a todos los ocupantes de esos abrigos circunstanciales a esconderse muy abajo. Gonzalo indicó a su Escuadra que a calar bayoneta, y que a toda costa había que tomar las piedras. Así que todos resueltos, echaron mano a sus bayonetas, las encajaron en el fusil, y se lanzaron con cierta preocupación hacia las piedras.

Todos sabían que si tomaban las piedras, mientras no aparecieran otros cientos de moros, por ahí ya no iban a subir más los rebeldes. Pero también sabían que iban a ser los más expuestos en toda aquella carnicería.
Gonzalo con el fusil cargado y sujetado con firmeza iba el primero, a fin de cuentas, este es el oficio del legionario abrazar la muerte. Comenzó a bajar la ladera, sus hombres le seguían. Los tiros habían cesado, pero los moros no levantaban las cabezas.

-Bien… un poco más… un poco más y los cogemos- Pensaba Gonzalo.

Aquel tropel de 6 paracaidistas bajaba ya en comunión con su destino, se fueron abriendo en formación de cuña, al frente el Cabo, y el resto corriendo con el arma medio encarada, y esperando y rezando porque el moro que hubiera tras la piedra, levantará primero la cabeza y luego el fusil, porque entonces, ya estaba todo resuelto, apenas quedaban 30 metros.

-Ya estamos…ya estamos…Gonzalo ahora ya que sea lo que Dios quiera, sin miedo… por los nuestros…vamos vamos…- Eran sus pensamientos, mordía sus labios, afilaba su mirada y sujetaba con firmeza el fusil que ya había bajado a la cadera y comenzaba a situarse en posición muy amenazante para quien fuera el que se encontraba cerca de la primera piedra.

El Sol les daba en la espalda, el calor era para todos igual, y aunque esos moros estuvieran acostumbrados a él, no es lo mismo aguantar el calor a la sombra de una piedra, que aguantar el calor, sabiendo que te pueden volar la cabeza en cuanto la asomes.

Gonzalo llegó a la piedra, nada ni nadie se movía al otro lado. Dudó, por la izquierda o por la derecha. Al final se decantó por la derecha, y rodeó la piedra. Hubo suerte, el moro estaba mirando a la derecha, al oír el ruido de las pisadas, quiso volverse, pero ya era demasiado tarde, tumbado como estaba, no pudo ni decir ni mu, la bayoneta de Gonzalo se le había clavado en la nuca. Rápidamente le quitó el fusil, la canana, y se volvió a la posición donde había llegado a la piedra, que era la que le ofrecía abrigo y cubierta.

Los demás paracaidistas de su Escuadra fueron llegando y segando vidas, salvo uno que tuvo que disparar porque no se fió de su arte con la bayoneta, el resto, clavaron sus respectivas en los cuerpos de aquellos moros rebeldes.

No hubo respuesta por parte de los moros, no hubo tiros, no hubo reacción. El flanco liberado, comprendía unos 150 metros de ancho, y las piedras ofrecían un buen sitio para protegerse. Lo malo el Sol, que les daba en la espalda, pero no les daba tregua.

Gonzalo sudoroso, fue verificando que todos sus hombres se encontraban bien. Todos desde su refugio improvisado hacían señas para indicar que todo iba bien. Comprobaron sus armas, limpiaron sus bayonetas, pero no las retiraron del fusil.

Se oyó de repente una descarga de fusilería, procedía de la loma, Esteban y su Escuadra estaban tirando duro, algo se acercaba, y eso no era bueno. Todos los de la Escuadra de Gonzalo, se giraron y apuntaron al frente. Un gran número de moros venía a la carga, estaban a punto de cruzar el camino. –Estos no nos han visto…- Se decía así mismo Gonzalo.

Y al unísono, todos siguieron a su Cabo. 6 fusiles salieron de entre las rocas, y comenzaron hacer fuego, entre las descargas de los de la loma, y el fuego implacable de la escuadra de Gonzalo, más de 15 moros quedaron tumbados en el camino. Y el resto, se replegó asustados y tardando en reponerse del gran susto.
Todos municionaron, se hablaron, se animaron, y aguantaron como mejor pudieron ese Sol de justicia.

-Lo malo cuando llegue la noche Gonzalo…. Que estamos dispersos y aquí somos conejos…habrá que subir- Pensó el Cabo. Pero de momento tocaba aguantar. 

A lo lejos se oía unos motores de avión… -¿Serán los refuerzos?...-


No hay comentarios:

Publicar un comentario