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Bienvenidos a mi espacio personal, dedicado con mucho cariño y dedicación, a la vida en milicia, de ayer, hoy y todos los tiempos. En este blog iré colgando mis breves relatos, de esos que se escriben en momentos de inspiración, y que salen del corazón.

En ellos no hay ni motivaciones ideológicas, ni representación alguna de críticas o quejas, sencillamente son un compendio de ficciones literarias, que dedico a los españoles de todos los tiempos, que en un momento u otro de la historia de España, estuvieron, han estado o estarán vinculados con la vida en la Milicia, que han convivido con sus virtudes, sus defectos, sus emociones, sentimientos, pero sobre todo han sentido en sus espíritus, esas palabras que escribió Calderón de la Barca, y que rezaba en una estrofa aquello de "... la milicia no es más que una religión de hombres honrados...".

La espada y la pluma han sido compañeros de viaje durante toda la historia, y siempre se han respetado cuando la lid ha sido justa. Agradezco a todos los visitantes su tiempo por dejarlo aquí, y agradezco los comentarios que obviamente me servirán para mejorar
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jueves, 28 de julio de 2011

EL LINCE



No fue fácil, todo era confusión, disparos, y gritos.  Nadie sabía con certeza que había pasado, y todo el mundo permanecía parapetado tras los vehículos.  Las balas silbaban por doquier, y entre el calor, el polvo, el sudor, y el temor no había forma de poder serenarse un segundo.
El Sargento 1º Piquer levantó la cabeza del suelo, donde permanecía agachado, al parar su vehículo y saltar al suelo cuando se produjo la primera explosión.  Por inercia se había situado parapetado tras la rueda derecha del “Lince”, y buscaba a tientas su fusil de forma infructuosa.  Lo había dejado dentro del habitáculo del vehículo, y en ese momento comenzó a arrepentirse.
Una explosión levantó por los aires al primer vehículo del convoy, era otro vehículo Lince.  Piquer pudo ver como el vehículo se elevaba y volcaba acto seguido.  La gran explosión provocó que el conductor de su vehículo maniobrase con brusquedad, y casi estrellara el Lince contra unas rocas.
Toda la columna se paró en mitad de la nada de aquel maldito paraje afgano.  Y en un instante posterior,  comenzaron los disparos y algunas explosiones cercanas a los vehículos.  Todo el mundo salió fuera de los vehículos, unos, los más avezados para responder al fuego de fusilería, y otros los más aturdidos o menos instruidos, se tumbaron en el suelo, o corrían de un lado para otro sin tener clara una dirección.

 El Sargento 1º Piquer fue de los que primero entró en cierto estado de shock, dejándose llevar por la sensación natural de “huye…”.  Pero tal y como ese pensamiento se deslizó por sus neuronas, cambió de dirección en su proceder, y asumió las circunstancias.  Buscaba con la vista puesta sobre el primer Lince, heridos.  Pero con el fuego de fusilería, el griterío, las explosiones, y el ruido de los motores al ralentí, era imposible escuchar nada.  Se armó de fuerzas, y se incorporó sin levantar mucho la cabeza por encima del perfil del vehículo, y abrió la puerta.
-¡¡Vamos Agustín…vamos!!- se decía así mismo.  Fue un alivio poder alcanzar el G36. –Ahora despacito y con buena letra vamos a pensar como arreglamos este desastre-
Buscó con la mirada a su conductor, el Cabo Ramírez, que estaba justo detrás suya.  El si que tenía su fusil, y andaba encarando hacia el horizonte buscando algún insurgente.  Piquer fue revisando mentalmente su equipo.
-Agustín…Llevas casco, chaleco antibalas bien puesto, llevas las gafas balísticas, llevas tu munición,…el ¡¡botiquín!!…¿llevo el botiquín?...- Se preguntó el Sargento 1º.  Llevo su mano hacia el muslo izquierdo y pudo comprobar y tocar que llevaba su botiquín personal.  Sintió cierto alivio al ir comprobando que andaba con toda la impedimenta en su sitio.  Miró al Cabo.
-¡¡Ramírez…Ramírez!! Llevas todo el equipo o te falta algo….- Le gritó para sobreponer su voz al ruido ambiental reinante.  El Cabo indicó con su pulgar el símbolo de “Ok”, y ello fue otro buen aliciente para el Sargento 1º.  Éste le indicó que se acercase hasta su posición, y el Cabo con precauciones se situó a su espalda.
-Ramírez, voy acercarme al Lince de delante, a ver a los heridos o a ver como esté el personal, y quiera Dios, que no haya muertos.  Cúbreme la espalda con tiento, por si algún talibán se le ocurre venir de frente o por este flanco de nuestra izquierda, que es de donde viene todo el jaleo.  Y por Dios…no dudes…tira a lo que se mueva y no sea de los nuestros.  Me voy acercar a ver como esta el tema…y tío estoy acojonao….pero hay que ir…el resto está más lejos, y somos los más a mano.- Dijo el Sargento 1º con voz enérgica y sincera.
El Cabo le dio un par de palmadas en el hombro, tranquilizando a su Jefe, e indicándole que el iba a velar por su espalda.  El Cabo sonrió, y el Sargento 1º le devolvió el gesto amable con un golpe al casco y otra sonrisa.
El Sargento 1º Piquer contando uno, dos y tres, salió corriendo en línea recta hacia el Lince que estaba volcado, con algunas llamas, y sin poder ver a los ocupantes.  Sabía que en ese vehículo iban dos personas, un Cabo 1º conductor y otro Sargento 1º amigo y compañero de los de toda la vida.  Su corazón palpitaba fuerte, sentía los pálpitos de forma exagerada. Oía su respiración, recortada, seca, forzada.  Notaba el sudor como le recorría el rostro, y no podía dejar de apartar la vista del vehículo.
Sabía que debía mirar a su alrededor, a sus flancos, pero su cuerpo no obedecía, solo lograba mirar al frente, su cuello y sus músculos cervicales, parecían bloqueados.  Era una carrera de unos 20 metros, y le parecieron mil.
Llegó  a la parte trasera del Lince, sus pulmones se llenaron de humo, de vapores, no veía gran cosa, había unas llamas que salían de la rueda delantera izquierda, no había rueda derecha ni eje. – Dios mío…. Que no haya muertos…que no haya muertos…- Se repetía el Sargento 1º.
Se armó de valor, y se tumbó para poder mirar por la ventanilla izquierda, y vio al Cabo 1º  Verón, inconsciente.  Quiso mirar más allá, en busca del copiloto, del Jefe del vehículo su amigo el Sargento 1º Reino, pero no podía ver nada más.  Se incorporó de rodillas, y en ese mismo instante pudo ver como un insurgente, se dirigía corriendo hacia el vehículo.  Le tembló todo el cuerpo, no podía pensar, no podía respirar, pero algo si  que pudo hacer.  De una forma inconsciente, pasó su fusil de la espalda a su frente, y sin saber como, se encontraba encarando hacia el insurgente que se encontraba a penas ya a 30 metros.
Pensó en darle el alto, pero rápidamente descartó la estupidez del pensamiento, cambió de posición la aleta del seguro, a posición de tiro a tiro, y con algo de calma, su subconsciente le decía, respira…respira… ahora…dispara… Realizó tres disparos, apuntó al centro del cuerpo del insurgente, era la parte más expuesta.  No pensó en filigranas o tiros inservibles, directamente al pecho.  Los dos primeros impactos dieron en el pecho, el tercero en la garganta.  El insurgente cayó al suelo, y no se movió.  Piquer pensó en volver a realizar un cuarto disparo, pero entendió que el blanco abatido no se iba a levantar.
Con cuidado y con los ojos puestos en la mira del G36, realizó un barrido al horizonte que tenía en su frente.  No había nadie más, al menos que el viera.  Pensó y calculo riesgos, debía situarse en el lado expuesto al enemigo, para poder mirar en el lado del vehículo donde se encontraba su compañero.
Y se dispuso a bordear el vehículo y llegar a la puerta derecha.  Inició el movimiento de forma rápida y agachado.  Se le hizo eterno, el miedo invadía su cuerpo, se iba a exponer al fuego talibán…. Llegó al lado derecho, la puerta estaba bastante deteriorada, pero había soportado bien el impacto de la explosión.  Y pudo mirar y ver a su compañero que no estaba inconsciente, tenía los ojos abiertos, la boca desencajada, y sangre de heridas y cortes.
Hizo un intentó de abrir la puerta a la vez que miraba hacia el frente, en ese momento, un ruido cerca de él le alertó, un sonido metálico, de impacto.  Le habían disparado.  Se quedó helado, se agachó cuerpo a tierra.  Otro segundo impacto más cercano rebotó, y en ese instante Piquer pensó que le iban a cazar.
Sonaron varios disparos, cercanos…, era su Cabo que había localizado al tirador y estaba batiendo su zona.  Los disparos se repetían, controlados, rítmicos, con intención.  El Sargento 1º supo en ese instante, que había que actuar con rapidez, su compañero le estaba cubriendo, y mientras mantuviera fuego sostenido, había alguna garantía de que el tirador enemigo, no asomara la cabeza, y por tanto, no tuviera un tiro cómodo para acertar.
Se levantó, erguido tiró con fuerza de la puerta del Lince.  La puerta no se abría, insistió.  Al final, pudo abrirla.  El Sargento 1º Reino estaba mirándole, parecía que sonreía.  Piquer miró con rapidez y examinó la situación.  Unos hierros habían atravesado las piernas de Reino, a la altura de los gemelos, parecían unos tubos del sistema de refrigeración.  No había otra cosa importante a la vista, a parte de cortes y heridas superficiales.
Estiró de su compañero, y con dificultad pudo liberarlo del asiento, y arrastrarlo hasta el suelo, fuera del vehículo.  Reino gemía de dolor.  Piquer lo miró, y en un momento determinado, pudo apreciar como Reino arqueaba las cejas con estupor.  Piquer se giró, y vio como varios insurgentes se acercaban corriendo.  No oía los disparos de cobertura de su Cabo.  –Mierda…mierda…algo pasa…algo pasa…- Se dijo para si mismo.
Volvió a encarar su arma, apuntó y disparó con imprecisión y rapidez.  Sus disparos descontrolados, no hicieron blanco alguno, pero los insurgentes se echaron al suelo.
-Mi fusil…dame mi fusil…Agustín…mi fusil...- Dijo con voz ronca el Sargento 1º Reino.  Piquer rápidamente miró hacia el interior de la cabina del Lince.  El Cabo 1º seguía inconsciente, no se apreciaban heridas externas, pudo ver como respiraba- Luego tú campeón…luego tú- Dijo mientras sacaba del Lince el G36 del Sargento 1º Reino.
Piquer lo comprobó, había munición, tiró de la palanca de montar y alimentó el fusil.  Se lo entregó a Reino. – Listo para disparar Pepe…solo apunta y dispara al frente- Le dijo Piquer.  El Sargento 1º Reino cogió el fusil, y lo encaró en la dirección donde estaban los insurgentes.  Piquer pensó rápido, -tengo que ayudar a Reino, tengo que tirar de él, pero esos están cerca, muy cerca, y el Cabo no está tirando…algo pasa….-.
Con rapidez se quitó el cinturón del pantalón.  Llevaba un mosquetón agarrado al chaleco, lo quitó y lo colocó en la parte más baja del chaleco, donde pudo agarrarlo.  Pasó el cinturón por el mosquetón y por el asa de la parte superior de la espalda del chaleco de Reino.  Piquer mientras realizaba la operación, vio como Reino abría fuego.  No había tiempo que perder, Reino estaba disparando de forma más o menos controlada sus cartuchos.  Piquer terminó de anclar con el cinturón el chaleco de Reino.  Elevó su fusil y abrió fuego sostenido hacia el sitio donde se encontraban los insurgentes que se habían vuelto a tumbar.
-Pepe…Pepe voy a tirar de ti, te voy a arrastrar…esto te va a doler… lo siento por tu culo, pero por Dios o por lo que quieras, no dejes de disparar hasta que pueda dar la vuelta al Lince y tengamos un parapeto para protegernos- Gritó Piquer.
-¡¡Vamos Agustín…vamos….!! Sácame de este sitio- Gritó con fuerza Reino.
Piquer comenzó a tirar con su cuerpo para arrastrar a Reino, imposibilitado para andar, pero capaz de disparar.  El binomio se sincronizó, el paso era lento, pero ambos abrían fuego, mientras paso a paso, Piquer retrocedía tirando del herido.  Fue eterno, una vez más, fue eterno, Piquer no veía otra cosa que los bultos que identificaban a los insurgentes.  No oía los disparos, sabía que Reino estaba disparando.
Por fin pudo dar la vuelta al Lince, y parapetarse un poco.  Se oyeron disparos de un tercero, venían de dentro del Lince.  El Cabo 1º Verón había despertado, y había visto toda la acción, sin dudarlo, alimentó su fusil, y desde su precaria situación y a través de la puerta abierta batía el sector con sus disparos.
Piquer en un arrebato necesario, desvió su mirada hacia donde se encontraba su vehículo, y en ese instante pudo ver que el Cabo Ramírez estaba de nuevo abriendo fuego.
-¡¡¡Bien…bien!!! Cuatro bocas de fuego…venid ahora…Venid ahora canallas…- Pensaba Piquer.
Se soltó del cinturón con el que había arrastrado a Reino, lo dejó apoyado en un lateral del vehículo, y se lanzó abrir la puerta por donde se encontraba Verón, el Cabo 1º que en esos momentos era el expuesto al posible fuego talibán.
Abrió la puerta, y por las axilas sujetó a Verón que seguía disparando, aun estando boca abajo, lo pudo sacar de esa posición incómoda y peligrosa.  Lo sacó del vehículo, y en ese mismo momento, el Cabo 1º sin meditar, se incorporó, cambió el cargador de su G36 y se posicionó para volver a disparar.
-Mi Sargento 1º, ayude a mi Jefe que ya me encargo yo de tener a estos a raya- Dijo Verón.
Piquer se agachó, miró las piernas de su compañero, con rapidez, abrió su botiquín, el que llevaba ajustado al muslo.  Buscó y sacó el torniquete.  Sabía como hacerlo, sólo iba a poder detener la sangre de una de las piernas, pero por algo había que empezar, y seguro que Verón llevaba el suyo…
El fuego sostenido y cruzado de los dos tiradores, el Cabo Ramírez y el Cabo 1º Verón, hizo mella en los insurgentes, cuatro huyeron y dos nunca se volvieron a levantar.  Piquer aplicó un primer torniquete a Reino, en la pierna que tenía mayor sangrado.  La otra, a pesar de llevar un tubo clavado, no sangraba.
Se giró para mirar a su Cabo, a Ramírez que permanecía cual centinela en su puesto, pudo ver entre la niebla de aquella batalla, que un nutrido grupo de personas venían corriendo hacia ellos.  Pudo ver brazaletes blancos -… Los sanitarios…ya llegan… Pepe…que te vas al hospital a ligar con las tenientes enfermeras…..que suerte tienes jodido….-, dijo el Sargento 1º Piquer sonriendo.

1 comentario:

  1. perdona la espresion , de cojones quillo, no decaigas, gracias y un gran saludo, no mereces otra cosa aunque solo sea por lo que nos estas regalando

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