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Bienvenidos a mi espacio personal, dedicado con mucho cariño y dedicación, a la vida en milicia, de ayer, hoy y todos los tiempos. En este blog iré colgando mis breves relatos, de esos que se escriben en momentos de inspiración, y que salen del corazón.

En ellos no hay ni motivaciones ideológicas, ni representación alguna de críticas o quejas, sencillamente son un compendio de ficciones literarias, que dedico a los españoles de todos los tiempos, que en un momento u otro de la historia de España, estuvieron, han estado o estarán vinculados con la vida en la Milicia, que han convivido con sus virtudes, sus defectos, sus emociones, sentimientos, pero sobre todo han sentido en sus espíritus, esas palabras que escribió Calderón de la Barca, y que rezaba en una estrofa aquello de "... la milicia no es más que una religión de hombres honrados...".

La espada y la pluma han sido compañeros de viaje durante toda la historia, y siempre se han respetado cuando la lid ha sido justa. Agradezco a todos los visitantes su tiempo por dejarlo aquí, y agradezco los comentarios que obviamente me servirán para mejorar
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domingo, 24 de julio de 2011

LA HABITACIÓN


Sonó un golpe seco en la pared, otro, y en un instante, el endeble muro de yeso y adobe, comenzaba a desmoronarse. La punta de una bayoneta francesa apuntillaba el endeble muro de aquella casa de la “judería”. Los franceses estaban entrando sin remisión, a puro de zapa y mina, habían derribado los débiles muros de las casas externas que daban al río.

Tuvo que ser así, es la única forma de entrar, porque en cada ventana, en cada tejado, en cada tronera, había un zaragozano dispuesto a vender caro el poco pellejo que les quedaba, tras este segundo sitio.

El muro se deshacía, y Pepe miraba absorto, no había salida, estaba en la última habitación de la casa, no había ventana, y junto a él, otros tres buenos zaragozanos, uno del Rabal, otro de la misma judería, y el último un voluntario catalán, que por extrañezas del combate, entre avances y retiradas, había acabado tan acorralado como ellos.

- ¿Que hacemos Pepe? Nos han atrapado en un agujero – Dijo Manolo, el escopetero del Rabal. A todos asustó la palabra atrapado, pero no había otra, habitación tras habitación se habían batido, y habían disparado con sus mosquetes, pistolas, escopetas de caza, y con alguna bomba de mano, pero una sección de tropas francesas habían tomado ese edificio, y ya no quedaba nada que hacer.

- Aquí ni Dios se rinde ¿eh?..., sacamos el cuchillo y las navajas cuando ya no nos quede otra, y al cuello, echaros encima del gabacho, y al cuello…- Dijo Pepe.
- Por España…Por la Virgen del Pilar..- Dijo Francesc el catalán.
- ¡¡¡Por mis hijos!!!...- dijo entonces Manolo ya envalentonado.
El cuarto en la discordia, solo miraba el agujero que ya comenzaba a tener el tamaño de una taza de café, y dijo para sus adentros – Por lo que sea, pero que esto no les salga gratis a esta calaña-.

Retumbó lejano una gran explosión que no dejó a nadie indiferente. Se oyeron gritos, voces, juramentos y maldiciones en las calles, en las casas contiguas - ¡¡¡ Han volado la Iglesia de Santa Engracia!!!..gabachos…mal nacidos… allí …allí…acudamos a frenarlos…que no entren…-

Todo eran voces, griterío, desazón…todo parecía perdido… tanto tiempo aguantando, tanto tiempo manteniendo a raya al gabacho, y ahora todo se desmoronaba.
-¿Qué dicen?..¿es verdad eso?...Virgen del Pilar ayúdanos..- murmuró entre dientes Manolo.

Pepe algo más sereno, pero notando un temblor en su mano, la que blandía una pistola cargada y humeante, y la mano que estaba deseando descerrajar un disparo entre ceja y ceja, a la primera cabeza de gabacho que asomará por el agujero, tuvo un momento de flaqueza. Esto es el fin, acorralados como perros, sin medios, sin apoyos y solos. En ese instante, le vino a la mente momentos del primer sitio, meses atrás, cuando en la explanada del Rey, frente al castillo de la Aljafería, cuando los coraceros franceses a caballo, intentaron entrar por el Portillo, y allí, en ese instante, pegado al muro del Cuartel de Caballería, un zaragozano, junto a otros voluntarios de vete a saber tú, primero descargaron sus fusiles sobre la primera línea de coraceros, que dieron de bruces al suelo, mezclando su sangre con la de sus caballos, y ante ese muro improvisado que frenó la carga de la caballería, y ante la sorpresa de los coraceros de la segunda línea, ellos, los Defensores de Zaragoza, navaja, cuchillo, hacha y palo en mano, saltaron entre el amasijo de bestias y hombres derribados, y se lanzaron a degollar a cuanto coracero quedó frenado.

Fueron minutos, fueron horas, ya no se acordaba, pero todavía sentía la fuerza, el valor, aquel extraño instante, en el que la caballería más poderosa del mundo, quedó frenada a las puertas de una débil ciudad fortificada con tierra, carros de tiro, muebles y muertos, y donde la caballería más poderosa del mundo, fue pasada a cuchillo y escopeteada en el cara a cara más desigual que había conocido la historia.

-Maños… una cosa os digo, muy seguros están estos gabachos de que nos tienen…, pero una cosa es disparar por un agujero a gente que corre, y otra bien distinta es parar este palmo de acero de Albacete que tengo en mis manos.- Dijo Pepe.
Todos entendieron y asintieron, no había salida, no había remedio, pero a veces, por extrañas circunstancias, el hombre puede permitirse el lujo de decidir cómo y cuándo va rubricar su final.

El agujero ya comenzaba a ser lo suficientemente grande como para poder ver, algunos rostros, algunos uniformes, gritos, voces, y sin duda, se podía oler y sentir a la muerte, que se acercaba tranquila, sin prisa, segura de cumplir con su trabajo.
Francesc miró en su alforja, sólo les quedaba una granada de mano, una bomba de mano, que era el último cartucho.

-¿Qué hacemos? Intentamos volar la otra pared, y probamos a ver si hay suerte y topamos con otra casa, u otra habitación.. o se la metemos por el agujero a los gabachos…- Dijo Francesc medio riendo medio llorando.

Pepe miró a sus compañeros. – Aquí el “pescao” lo tenemos vendido, y si topamos con un muro de piedra, seremos nosotros los que nos quedemos fríos por la explosión. Si se la lanzamos a los gabachos, mataremos unos cuantos, pero no a todos, pero al menos los que dejemos tripa arriba, no volverán a mancillar nuestro suelo Patrio... ¿Qué hacemos?- Dijo muy solemne.

Todos se miraron, cada uno es de suponer que tuvo su momento de hombre, de mortal, de cobarde, de egoísta, de pensar que la vida puede ser eterna. Pero llevaban demasiados meses conviviendo con la muerte, el dolor, la pasión, el honor, y sobre todo con el patriotismo de saber que el gesto de unos simples paisanos, entregados al sacrificio en el altar de la Patria, estaba frenando al ejército más poderoso del mundo. Y luego, tras esos segundos fugaces, todos y cada uno sonrieron…

-Está bien…entonces lo tenemos todos claro, a por los gabachos y que la Virgen del Pilar nos de fuerzas para degollar a muchos gabachos…- Dijo Pepe ecuánime.

- Así sea…, eso es…, por Zaragoza, por la Virgen del Pilar..Por España..- Dijeron unos y otros.

El agujero comenzó a ser lo suficientemente amplio como para que empezasen a aparecer manos y algún cañón de pistola o fusil.
- ¡¡¡A la pared!!! Pegaros a la pared…no ofrezcáis blanco…- Gritó Pepe y todos obedecieron.

Sonó una descarga hacia el interior de la habitación, el humo llenó la estancia, pero ninguna bala llegó a morder carne.

-Francesc!! A la de tres, lanza la bomba de mano, y en cuanto explote, tú Manolo que eres grande, empuja la pared a ver si hay suerte y está tan debilitado el muro, que cae lo suficiente. El resto descerrajamos los pocos tiros que nos queden entre los que anden de pie, y luego a cuchillo y a degüello, empujad duro, esto es pequeño y no van a poder usar el fusil si nos echamos encima. Tirad la puñalada al cuello y seguid, seguid por la Virgen del Pilar y por Zaragoza, hasta que Dios decida que ya hemos cumplido….moriremos hermanos…pero cuánto daño vamos hacer...- Dijo Pepe dando las últimas instrucciones a sus compañeros de martirio.

Todos se ajustaron las ropas, sujetaron con firmeza sus armas, sus cuchillos. Pepe se ajustó el pañuelo en la cabeza, Manolo se concentraba en el agujero…

Una segunda descarga de fusiles penetró en la habitación, pero nada, el agujero era más grande, pero los franceses no se arriesgaban a meter la cabeza, y tiraban muy separados de la pared.

El agujero se hizo más grande, ya cabía medio cuerpo…una nueva descarga…, mas humo, más miedo…los franceses…los Defensores de Zaragoza, sonreían, sabían que era su final, ya no había temor, solo incertidumbre de saber cuántos se iban a llevar al puerto de Caronte, antes de que la Virgen del Pilar los reclamase en los altares de los héroes.

-¡¡¡ Ahora!!!- Gritó Pepe. Francesc encendió la mecha de la bomba de mano, esperó unos segundos, hasta que la mecha se fue consumiendo. La miraba y sonreía –Virgen Moreneta…que mate a muchos..que mate a muchos…- Y pensó en el santuario de Monserrat, en ese monte mágico cerca de Barcelona que de niño había subido tantas veces, y pensó en su virgen morena..
Lanzó la bomba de mano por el agujero.

Se oyeron gritos, ruidos, tropel, huida, miedo…y una explosión. Todo fue muy rápido. Manolo cargó contra el muro, esté cedió lo suficiente, el adobe no resistió el empujón del bravo aragonés. Los otros tres, saltaron por encima de él, y se introdujeron en la habitación donde estaban los franceses.

Oyeron gritos de dolor, de terror, no se pararon, buscaban con avidez cuerpos erguidos.., dos habitaciones y nada, a la tercera, apareció una figura que volvía..¡¡Pumm!!..pistoletazo a la cabeza, un francés menos. Pepe había terminado con las armas de fuego, tocaba el cuchillo. Otro francés con el fusil al frente entraba en la habitación, llena de muebles, de cuerpos, de escombros, era torpe, y Pepe, en un salto a un flanco, se sitúo en el lateral derecho, y desde allí le lanzó una puñalada al cuello que fue mortal..- Otro…viva la Virgen del Pilar – Pensó.

Francesc iba detrás, tenía en su escopeta de caza una posta preparada, llegaron a otra habitación había dos franceses apuntando. No pudo esquivar, pum pum.. una bala le rasgó las entrañas, Francesc supo que era el final, pero disparó su posta…¡¡Pummm!!…un francés muerto…tiro la escopeta, sacó la navaja y le lanzó encima del otro francés que estaba intentando recargar su fusil. Murieron ambos, Francesc porque estaba listo y el francés porque palmo y medio de navaja, le partió el corazón.

Pepe y el otro seguían, otra puerta, más disparos, humo, ruido, gritos, Pepe no veía, lanzaba puñaladas al aire, una tocó carne. Oyó gritos, y siguió dejando que su mano fuera guiada por la providencia. No encontró nada. El humo se disipaba, notó que algo le quemaba en el pecho, se miró y vio sangre. – Virgencica… me voy contigo – Y dicho esto, Pepe se desplomó.

Su acompañante le siguió, uno de los disparos le había dejado seco en la misma puerta, se quedó parado, y allí murió.
Manolo recobrado de la caída, buscaba y buscaba por aquella casa de la judería, fue encontrando a sus camaradas, todos muertos. Quiso parar, recobrar aliento, pero sabía que para descansar, había antes que morir, cogió algún fusil de algún francés muerto, y batió habitaciones, pasillos, escaleras. Encontró a otros dos gabachos, subiendo por las escaleras. ¡¡Pumm!!.. un disparó y un francés que se iba al infierno.. el otro se quedó parado, levantó las manos, lleno de terror y miedo. Manolo llegó a su altura, lo miró y le dijo gritando..- Esto.. por mis hijos…- y le descerrajo a bocajarro un disparo en la cabeza.

Bajó las escaleras, y vio una luz, era la calle, se oían disparos, gritos, voces, ruidos, pero veía una luz. Agarró con fuerza su cuchillo, y saltó entre muertos y escombros hacia la luz.

Lo último que vio, fue una escuadra francesa que se quedó atónita al ver aparecer aquel espectro saliendo del infierno de la judería. Manolo sujetó con fuerza su cuchillo y saltó hacia ellos gritando - ¡¡Viva la Virgen del Pilar!!.....-

No tuvo mala mano, fue abatido sí, pero su cuchillo se había clavado en la garganta del oficial francés que mandaba aquel grupo de invasores. Y mientras la Virgen le daba la mano, sintió como ese grupo de franceses corría despavorido hacia el Coso, hacia sus fuerzas, porque no sabían cuantos hombres de esa estirpe inmortal, quedaban dentro de la casa dispuestos a inmolarse con un cuchillo y sin miedo a su destino.



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